Ansu Fati para Leo Messi

Vacío. Un Vacío imponente, demencial y absoluto. El Camp Nou era un esqueleto de sillas ausentes que invitaban, más que nunca, a tomar el juego como objeto de culto en un estadio acostumbrado al griterío, aunque a veces manso, de una manta de sonido apabullante. Sonaba “El cant dels ocells” antes de empezar el partido como homenaje a las víctimas de la pandemia, anticipando el tono que tendría el partido: tristón. El FC Barcelona de Leo Messi volvió a superar un partido con cierto sabor a trámite, a ofcina vieja y polvorienta. Lo hizo dejando un nombre propio que el partido nos arrebató demasiado pronto: Ansu Fati.

El partido empezó como terminó el de Mallorca. Pastoso, con un Barça que acumulaba pases y pases como forma de progresar, conscientes que para abrir el muro que planteaba Aguirre haría falta paciencia, mucha paciencia. Con Rakitic y Arthur en los interiores y Ansu jugando en banda, Setién volvió a dejar a Busquets como pivote fijador, con ambos interiores jugando muy arriba y Leo y Fati muy abiertos cuando se iniciaba la jugada para intentar adivinarle grietas al rocoso Leganés. Pero no las había. Solo aparecían, débiles, cuando Leo se desenganchaba del costado y amenazaba los espacios interiores con conducciones y envíos milimétricos. Los pases de Messi siempre son algo más que eso, son de hecho invitaciones, regalos. Antoine, que jugó de 9 vivió un primer tiempo convulso. El Barça rebasó los 500 pases y el francés sumó apenas un 1% del total: 5. Enfocado a jugar sin balón, Griezmann parecía un autómata moviéndose siempre hacia donde el balón no estaba y donde, intuyó al cabo de poco el francés, nunca iba a llegar porque el Barça estaba preocupado por amasarlo en corto y, salvo alguna bravura de Leo, jamás lo lanzaba en largo.

El gol parecía lejano. El Leganés, que había amenazado con dos llegadas consecutivas, se replegaba y conscientes de su inferioridad preocupaban no dejar ni un centímetro libre. Ansu Fati demostró su doble condición: la de niño y la de prodigio. Su rostro no puede esconder la edad del que aún es crío, y sus piernas y su mente no pueden sino insinuar lo que ya es un hecho: Ansu suma 5 goles en apenas 17 partidos y solo en seis de ellos ha jugado más de 45 minutos. El gol recordó a los triples de Klay Thompson, gestos cifrados y pretenciosos en los que el jugador no necesita sino medio segundo para enviar el balón donde quiere. Fati domina todos los golpeos y muchos registros y, a sus 17 años, el gol es el mayor aval que presenta. Su disparo, pierna derecha, dejó en evidencia al veterano Pichu Cuellar.

Aún así, los pases del FC Barcelona no hacían sino evidenciar lo falso del ambiente, lo sintético de este nuevo fútbol. Solo Ter Stegen adivinaba qué se necesitaba, algo que no es novedad. El alemán es el portero menos portero de los que se han conocido.

Antoine podía mirar las gradas para entender la metáfora. Bastaba un vistazo para conectar ambas soledades. No la de un Messi que, con su nuevo look, atrae aún más las miradas. El talento, ahora que no hay mayor distracción que la pelota, llega sin ningún tipo de envoltorio, a pelo. Y el de Leo es absolutamente impresionante. Suya fue la jugada del 2-0, una ristra de regates que evocaban, cada uno de ellos, un Messi distinto. El de 2007, el de 2009, el de 2015. Todos unidos por una jugada que lejos de sorprendernos no hace sino conifrmar esta bendita locura que es el Fenómeno Messi. El argentino ha logrado lo que parece imposible: convertir algo tan enorme como el fútbol, irreductible, en algo menor que su propia figura. A tramos da la sensación de conocer todos los secretos.

Hubo tiempo para que jugase Riqui Puig, aclamado por la horda tuitera culé y desaparecido de los planes de Quique Setién. Demostró, en 20 minutitos, que en el fútbol hay mucho de legado, y que el de La Masia es insustituible. Tiene energía y calidad para ser algo más que el cambio que contente a los aficionados, y como decía Adrián Cervera por Twitter el mejor ejercicio que puede hacer es jugar 90 minutos todas las semanas. El talento no es algo abstracto, sino que es fruto de la cuotidianidad, y no hay ningún día na día más exigente que el del Barça.

Terminó muriendo el partido como mueren las cosas que no tienen mayor historia que la que nosotros nos inventamos. Lentamente y sin saltos de guion. Un partido que se podía leer de principio a fin como un cuento perfectamente narrado, sin sorpresas ni malentendidos. No hubo mejor aliciente para el aficionado que ver que los goles tienen dos protagonistas con un hilo conductor: Ansu Fati para Leo Messi. El Barça, lo mejor de él, resumido en dos actos.

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