Vivir para contarlo

Que hayan vuelto a pasar cosas es una bendición para el escritor; da igual que no nos gusten, que suenen a hueco o que no sean lo de antes. Ayer leí que vaya contradicción que los jugadores no choquen las manos al celebrar un gol pero formen la barrera bien pegados, que para eso mejor no volver. También leí que era necesario regresar y que qué alivio poder decidir no ver un partido. Todibo empezó el suyo de titular indiscutible en el Barça 2020/21 y al descanso había que venderlo. Me reconforta que hayamos cambiado, pero no tanto. El balón rodó dubitativo y las emociones enlatadas pudieron por fin desconfinarse. Bastaron unas horas de bundesimulacro para retomar sensaciones; música para los oídos de quien escribe. Me he asomado al modus operandi de dos maestros de la narración como Francisco Cabezas y Sergio Vázquez para deconstruir el parón obligado desde el punto de vista creativo.

Porque ha sido duro sentarse a plasmar en unas líneas lo que uno siente mientras no pasaba nada.

EL ARTE DE ESCRIBIR SOBRE LO QUE YA HA OCURRIDO

Francisco Cabezas (@FCabezas78) acumula 16 años de experiencia como cronista del Barça. Al pie del cañón. Ha escrito aventuras de todos los colores alejándose de la mera descripción de los hechos, porque “para enumerar datos ya tenemos fichas y millones de estadísticas disponibles al minuto. Y para conocer simplemente lo ocurrido están las imágenes”. El reto de quien narra lo que ya ha pasado es mayúsculo, ya que “pocas veces un lector se acerca a una crónica sin saber qué ha ocurrido. De nosotros se espera que analicemos por qué pasan las cosas con una mirada personal”. Acudimos a los cronistas con la enorme exigencia de que sean nuestros ojos y de que su relato nos ayude a repasar lo que ya hemos visto. Existe cierto ventajismo en el lector y no poca dependencia. Necesitamos al cronista para solidificar conceptos; nos apropiamos de sus palabras, aquellas que no logramos articular en la montaña rusa del fútbol en vivo.

Me apetecía mantener una conversación reposada con un referente para el aficionado blaugrana e indagar sobre cómo ha reaccionado el periodismo deportivo ante la gigante anomalía de la suspensión del directo: “nos hemos visto obligados a retomar un camino que nunca debería haber permanecido en segundo plano: el de las historias que merecen ser contadas”. Y es que todos tenemos claro qué es el cuerpo de un texto, pero el factor diferencial reside en su alma. Francisco advierte que “ahora que no podremos acudir a los campos, corremos el peligro de ser meros transmisores de números y estadísticas. La razón de ser del periodismo es estar donde ocurren los hechos“. Sus crónicas desde el corazón se nutren de cuanto le rodea en el estadio y confiesa empaparse de “la emoción de los aficionados, griten, rían o lloren. O de la frustración pasajera de quien ha sido quebrado por Messi antes del éxtasis del gol”. Vivir para contarlo.

Dedicándome a las previas del Barça en Estadi Johan —sin prisa y con fantasía, con la dificultad placentera de hipotizar situaciones que se verificarán o no en unas horas—, admiro profundamente a quienes deben cerrar “un texto con cara y ojos al final del partido, se marque o no un gol en el minuto 90”. Ser cronista es adrenalina y sufrimiento. Veracidad y tiempo real. Inmediatez emocional. Francisco se aleja del bullicio y reflexiona: “en una oficina o habitación escribirás más rápido. Incluso sin erratas. Pero corres el riesgo de que las emociones queden anestesiadas”. ¿Cómo adaptarse entonces al fútbol hueco y distanciado que nos espera? Con imaginación y nuevos recursos: “estilísticos o incluso conceptuales. Rebuscaremos en la memoria vivencias para descifrar lo que pasa ante nuestros ojos. Seguiremos contando historias. Quizá la crónica deportiva no sea más que una excusa para hablar de nuestros propios demonios”.

Foto de Getty Images

EL ARTE DE ESCRIBIR SOBRE NADA EN CONCRETO

Sergio Vázquez (@Sergiovazquez14) ha sido un grato descubrimiento de esta temporada. Sus artículos en Marcador Internacional han supuesto un delicioso complemento a mis previas, un armonioso contrapunto incluso cuando hemos tratado temas lejanos en apariencia. Quizá porque me veo reflejado en él, que admite “escribir sobre nada en concreto. Como dije hace tiempo: es fácil escribir sobre nada cuando pasa algo, pero es prácticamente imposible cuando el mundo apenas se mueve”. Se podría dar por sentado que quienes escribimos sobre nada o sobre lo que aún no ha ocurrido lo hemos tenido más fácil durante el pandémico parón, pero desafortunadamente no es el caso. Sergio da en el clavo al explicarlo: “se me ocurren más cosas cuando estoy en el metro, trabajando o fregando los platos que cuando realmente me siento a escribir. Escribir tiene que ver con vivir, y ahora estamos viviendo poco, más bien estamos sobreviviendo”.

Cada uno hemos afrontado el alejamiento de nuestra pasión preferida de un modo inimitable. Hace algunas semanas, Sergio acuñó con brillantez en uno de sus textos el concepto de El Fútbol del No para retratar cómo gestionamos la ausencia del balón: “los no partidos, los no regates, los no goles. Todo queda en manos de nuestra imaginación. Alguna vez ha habido algún simulacro, como aquel no regate de Pelé frente al guardameta, sin tocar el balón. O el no fichaje de Angulo por el Arsenal, que se dejó llevar por la morriña a última hora.” Lo cierto es que un ataque de realidad sin precedentes nos ha obligado a apartarnos de nuestra obra de ficción preferida. Así las cosas, tanto quien escribe como quien simplemente observa se ha visto obligado en estos meses atípicos a escalar una montaña con la mente: “el fútbol es una sucesión de ficciones y ahora nos enfrentamos a la más grande: disfrutarlo mientras no existe”.

Rendir visita al pasado ha sido inevitable. Muchos hemos hecho la de retroceder dos pasos para arrancar con más fuerza, o eso nos gusta pensar. Sergio afirma que “en el fútbol, el pasado lo es todo”. Con los partidos repetidos “comprobamos que el pasado no se queda quieto y puede plantarse a nuestro lado en el sofá y recordarnos, con precisión milimétrica, dónde y con quién estábamos en ese momento“. Los aficionados no hablamos en años sino en temporadas. Ya sabéis, hacemos gala de medir el tiempo de cuatro en cuatro guiándonos por los Mundiales, porque como escribe Sergio “no se recuerdan tanto los días completos como los momentos concretos, y todos ellos corresponden a esa edad en la que nos preguntaban qué quieres ser de mayor. Nunca sabíamos responder lo que ahora no tardaríamos ni un segundo en decir: pequeño”. Llevamos el fútbol con nosotros a cualquier isla desierta que la vida nos ponga delante.

La creatividad está de vuelta. Dubitativa como el balón que rueda de nuevo, patosa como el goleador que apunta a una grada vacía y lenta como el ritmo de un partido a puerta cerrada. Si hoy nos cuesta plasmar sentimientos por escrito es porque estamos llenando el depósito para el futuro. Todo pasa y el tiempo de las cosas que no pasan está ya dando paso al de las cosas que pasan. Viviremos otra vez para contarlo.

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