Náufrago

Anclado a una balsa de cemento, impasible ante los golpes del mar, Philippe Coutinho se asemeja al vigilante que, en 1963, cuando cerraron la prisión de Alcatraz -y hasta 1969-, el gobierno designó para que cuidase de la isla. Expectante, con la mirada puesta en la ciudad, es incapaz de avanzar hacia tierra firme. Allí resta encerrado, en el esqueleto de una prisión desde donde observa una realidad tan cercana como imposible de alcanzar.

El vigilante ni siquiera se dedicaba a esperar porque el tiempo perdió valor alguno. A Coutinho es lo poco que le queda, aguardar una segunda oportunidad que, muchas veces, no llega. Exiliado a Munich, el brasileño parece escudarse en la respuesta de Scottie Pippen cuando le preguntaron por qué era una de las estrellas peor pagadas de la NBA: “Mi día llegará”. Una de esas mentiras sobre las que crecemos y avanzamos durante un tiempo, pero, como esa balsa sin motor, tan solo es un poco de aire antes de reconocer que estamos perdidos. Que no sabemos nada, que no hay camino.

El futuro se le presentó a Coutinho como hace con todo el mundo. Brusco, directo, sin avisar. El Barça de Leo Messi, preparado para afrontar un nuevo capítulo tras la marcha de Neymar, llamó a la puerta. Alguien vio en el atacante del Liverpool el disfraz de Andrés Iniesta. Aparentar es importante porque puede dotarte de cierto rango, incluso de misticismo, así se escriben algunas leyendas. Creyeron que Philippe aparentaba algo de Andrés, pero cuando se enfundó su traje, el espejo no ofreció más preguntas. Aquel fue el gran error, no había posibilidad de vencer en aquella comparación.

Pese a que el primer medio año lo jugó en banda derecha para respetar la estructura de Ernesto Valverde, el cambio a la izquierda le hizo reconocerse. Empezó a sumar goles y asistencias y parecía imposible que el brasileño no terminase la temporada con dobles dígitos. La diagonal y el golpeo en seco al segundo palo, que repitió una y otra vez en Anfield, la aborreció en el Camp Nou. Ese fue su termómetro, y terminó en aquella jugada. Los recortes en pocos metros que hacían titubear a los defensores acabaron por despistarle a él. El tiro golpeaba en el palo, el recorte lo cortaba el defensor con la punta del pie. La suma de casis hizo de Coutinho un futbolista prescindible.

Algo se rompió un martes por la noche en el Camp Nou. El brasileño cerró la visita del Manchester United haciendo subir el tercer gol al marcador. Tras despojarse de sus compañeros en la celebración, se llevó los dedos a sus oídos. No quiso escuchar a sus detractores, a la vez que su fútbol enmudeció. Coutinho no tiene posición, ni es interior ni es extremo. Es uno de los reductos que ha dejado el fútbol moderno, esos futbolistas que hacen girar un equipo -el Liverpool-, pero que son incapaces de formar parte de una cadena de producción. No tiene ubicación nominal, como tampoco la tienen Griezmann o De Jong. Son futbolistas caleidoscópicos que escapan de los tentáculos de la nomenclatura.  

Cautivo en una balsa sin rumbo, con la que ni siquiera puede perderse, es preso a la vez que náufrago. Después de todo, no ha pasado nada, aunque el hoy es peor que el ayer. Señalar a Coutinho como culpable es obviar que forma parte de ese todo. Mientras suena el eco de los utópicos Haalands o Lautaros, Philippe desapareció y a nadie le incomodó su ausencia. Quizá se haya dado cuenta, como cuenta Juan Tallón en Rewind, “de qué absurdo resultaba jugar a que siempre cabía una última esperanza”. A Coutinho solo le queda apelar a la supervivencia del náufrago, aunque poco falta para que su cuadro cuelgue del boulevard de los sueños rotos.

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