Miradas al infinito

Siete de mayo, hoy hace ya un año. La historia se repite en Anfield. Otra vez, la mirada clavada en el infinito. Como si ahí, justo al lado del jarrón, hubiese el Aleph. Como si ahí, en ese punto concreto, hubiese escondida otra línea argumental, una con un final alternativo. Una en la que no existen los córners y jugamos sin porterías. Una en la que aún hay margen, en la que el tiempo de añadido detiene el reloj y aún podemos retroceder. Una en la que el resultado es otro y, en resumidas cuentas, nosotros también.

Pero entonces alguien cambia de canal y se rompe el hechizo. Vuelta a la realidad: se acabó, ya no hay marcha atrás.

Así son algunas derrotas, que pese al tiempo te obligan a seguir escribiendo en presente un año después, como si al recordarlas aún estuvieran delante, en nuestras mismas narices, y no pudiéramos echarlas del local. En el salón de casa, todavía hoy puedo ver corriendo a Fernando Torres ante Valdés y en la cocina, rematar de cabeza a Godín. Incluso en el comedor, todavía hoy celebro el gol de Bojan con el árbitro anulándolo desde el pasillo. Puede que haya derrotas que no dejen nunca de formar parte de nosotros. Tal vez ahí esté el secreto, tal vez no puedan marcharse nunca.

Y, sin embargo, a la mañana siguiente de cada una de ellas, siempre vuelve a sonar el despertador. Como si nada, como si todo marchara igual. A pesar de todo, la realidad siempre se termina imponiendo: la vida continúa. Y, de repente, pasa el verano, el recuerdo se difumina y empezamos de nuevo. Otra vez en la casilla de inicio. A sabiendas de que aún hoy podremos seguir encontrando el Aleph en la taza del café, imaginando qué hubiese sucedido si todo hubiera sido distinto. Si el recuerdo de Roma no hubiese existido antes que el de Liverpool. En las derrotas hay tanto de memoria como de imaginación. De ahí su desgracia, siempre nos dejan preguntas que nunca podremos resolver, aunque ya de nada sirva. En el fútbol, como en la vida, nadie tiene permiso para la edición. Por desgracia, jugamos con un autoguardado permanente.

“También esto pasará”, escribía Milena Busquets, “el dolor y la pena pasan, como pasan la euforia y la felicidad”. Pese a que a veces continúen enfrente nuestro, al otro lado de la orilla. Las derrotas también pasan, pese a que sigan con nosotros, pese a que puedan seguir estando ahí, escondidas en una mirada vacía al jarrón de casa.

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