18 milímetros para la eternidad

¿Qué son 18 milímetros en la vida de una persona? Algo prácticamente ridículo. Insignificante. Ni siquiera son dos centímetros. Un tamaño apenas perceptible a no ser que preste atención. Cuánto desprecio para algo tan aparentemente irrelevante y que, sin embargo, en el deporte, marcan la distancia entre el éxito y el fracaso. 18 milímetros pueden hacer que  una temporada que estaba siendo perfecta se quede en un buen año, con un borrón en el expediente. 18 milímetros que pueden hacer que un equipo se convierte en legendario, irrepetible. Insuperable.

Petr Cech era uno de los mejores porteros del planeta. También uno de los más altos. Según las guías deportivas, 1.96 de estatura: 196 centímetros. Mucho más si nos atenemos a su envergadura. Y, sin embargo, le faltaron 18 milímetros. Esa distancia, tan pírrica, tan mínima, fue lo que le separó de romper millones de corazones azulgranas en aquella noche londinense del 6 de mayo de 2009. Esos 18 milímetros fueron los que le faltaron para despejar el obús de Iniesta, que perforó el arco del Chelsea y puso al Barcelona en Roma. Quién le iba a decir al espigado portero checo, imbatible durante 180 minutos, que se iba a quedar corto. Que para optar a ganar la Champions, después de la cruel derrota en la final del año anterior, necesitaba ser un poquito más alto. Ironías del fútbol. Ironías de la vida.

Retrocedamos. Porque antes de llegar a los 18 milímetros que cambiaron la historia del Barça de Guardiola, hubo que vivir una película de miedo y de terror de 92 minutos. Llegaba el equipo de Pep con el campeonato liguero prácticamente ganado. Después de su obra prima en el Bernabéu, en una tarde inolvidable. El Barça asestó un golpe definitivo a la Liga con un 2-6 incontestable. En medio de las semifinales de Champions, el equipo catalán no tuvo piedad del Real Madrid, y se llenó de ánimo para tratar de asaltar Stamford Bridge, una plaza en la que el Barça ha vivido batallas de todos los colores en su historia más reciente.

El cliclón londinense en los primeros 20 minutos de aquel partido de ida en 2005. El gol de Ronaldinho después de hipnotizar a Ricardo Carvalho con su cadera. La polémica por un córner que dejó fuera al Barça en un gol que nunca debió haber subido al marcador. Todo en 90 minutos. Más, al año siguiente. La carta de presentación europea de Messi. El ‘teatro del bueno’ de Mourinho. Los Chelsea – Barça se convirtieron, en la segunda mitad de la década, en un gran clásico europeo.

Pero la más grande de las batallas en Stamford Bridge, la más célebre desde aquella de 1066, estaba por llegar. Con tambores de guerra se citaron ambas escuadras el 6 de mayo de 2009. A las 20:45 hora española, una hora menos en las islas, sonaron tambores de guerra. Las espadas, en todo lo alto después de un partido de ida en el que el Chelsea salió vivo de milagro del Camp Nou (0-0), una noche en la que el Barça perdió a Carles Puyol por sanción y a Rafa Márquez por lesión. El equipo de Guardiola viajaba a la capital inglesa prácticamente sin escudos. Dolido, por las ocasiones falladas, por el arbitraje polémico. Ilusionado, después del asalto de Madrid. Para tocar el cielo en Roma, antes había que clavar  la pica en Londres.

Dentro de la habitual prudencia del aficionado culé, aquella noche reinaba el optimismo. Había que marcar, algo que se daba prácticamente por descontado si se tenía en cuenta lo que perdonó el equipo en la ida, y después de la goleada del Bernabéu. Había que marcar y contener al Chelsea. Parecía una empresa relativamente sencilla. Nada más lejos de la realidad.

El Barça se adentró en una emboscada y vivió 92 minutos de pesadilla. El balón pesaba y no se deslizaba bien por el frondoso césped de Stamford Bridge. El equipo de Guardiola amasó el balón, pero incapaz de superar ninguna de las trincheras londinenses. No había líneas para avanzar.

Sin tiempo para entender qué estaba pasando, un fogonazo sorprendió al Barça y cerca estuvo de dejarlo en la lona. Apenas habían pasado 9 minutos desde el inicio de la contienda. Un balón sin dueño, que se alejaba del área blaugrana, pero que cambió de dirección de forma radical, inesperada, para agujerear la portería de Víctor Valdés. Michael Essien cazó esa pelota con su pierna izquierda. En un escorzo imposible, le imprimió violencia y precisión, y el balón besó la red, incendiando la caldera londinense.

El Barça solo había empezado a vivir su pesadilla. Fueron 84 minutos más de terror. De desesperación. El balón se movía lento entre los jugadores que esa noche vestían de amarillo, y corría endiablado cada vez que se lanzaban al ataque Malouda y sus compañeros. La expulsión de Abidal. Las protestas por el arbitraje de Ovrebo. Guardiola probó todo, pero no había manera de cambiar el decorado.

Y entonces, el milagro. Los 18 milímetros que cambiaron la suerte de un equipo que ya no paró hasta hacerse eterno. Una sucesión de errores, de circunstancias adversas, que terminaron derivando en el gol más importante de la temporada. La magia del fútbol.

Una carrera sin balón de un Piqué desesperado, convertido en correcaminos. Ora iniciaba la jugada, ora trataba de rematarla en el área rival, tratando de reeditar el milagro de Kaiserlautern. La enésima cabalgada por área de Dani Alves en una noche calamitosa del lateral derecho. Su centro, ya en el ocaso, en la última bala que tenía el Barcelona, cuando se atravesaba el minuto 93, fue malo. Cómo no. Al igual que todos los que había intentado durante la noche, no encontró rematador. Unos, se quedaron cortos. Los otros, iban pasados de potencia. Alves lo intentó todo. Aquel tampoco iba a ser su centro. El primer error.

La pelota le quedó a Eto’o, sin posibilidad ninguna de remate de primeras. El camerunés la intentó bajar, pero se le fue. Su control no pudo ser peor. El segundo error. La pelota se alejaba, franca para que Essien, con todo a favor, la despejase, y la pusiese en la grada de Stamford Bridge, desde donde Puyol animaba a sus compañeros, enfundado en una chaqueta roja, rodeado de personalidades vestidas de oscuro. El capitán quería que le sintiesen en el campo. Pero Essien también falló. El despeje fue en semifallo, y la pelota no acabó en la grada del Bridge, sino en los pies de Messi. Apenas habían pasado tres segundos desde el centro de Alves. Toda una vida que iba a cambiar la historia del Barça.

En el balcón del área la recibió Messi. Sin posibilidad de disparar con la izquierda porque hubiera sido contra natura. Había que buscar soluciones, sin tiempo para procesar. Trató de acomodarse el balón para engatillarlo con su pierna mala. Le cerraron espacios. Uno, dos, tres defensores del Chelsea. El argentino dio tres pequeños toques para tratar de abrir alguna vía por la que sorprender a Cech. No aparecieron. Messi estaba exhausto. El tiempo se acababa y la posibilidad de ganar la Champions en Roma se empequeñecía a medida que los defensores del Chelsea se hacían cada vez más grandes. Nunca podremos saber si Leo hubiese intentado tirar si la jugada se hubiese producido en el otro lado del área. No fue así. Sin espacios, sin energía, Leo se había tropezado y estaba a punto de caerse. Y, entonces, le vio. 

Entonces Messi vio a Iniesta. Ese chico de Fuentealbilla del que habían dicho que no tenía gol. Cómo cambió la historia a partir de ese 6 de mayo. Messi apreció la llegada de Iniesta, y con el último aliento, consiguió hacerle llegar el balón. Otros segundos más que parecieron eternos. Con la pelota deslizándose por ese césped de Stamford Bridge que ya se preparaba para recibir a los derrotados jugadores del Barcelona.

Pero entonces, Iniesta conectó un disparo indescifrable. Con el corazón de todo el barcelonismo. No había tiempo para parar aquel balón. No había margen físico para controlarlo. Había que golpearlo, como fuese. El disparo de Iniesta contravino todas las leyes de la física, porque en el minuto 93, con el balón corriendo hacia fuera, lo normal es que hubiese terminado en uno de los córners o en la grada del estadio.

Pero no. Si le preguntásemos a cualquier aficionado, recordaría que vio el balón salir a cámara lenta del pie de Iniesta. Pero no fue así. Despegó con una velocidad endiablada. Se levantó del suelo con virulencia. Levantó el vuelo. Superó a Michael Ballack, que se giró para cubrirse, y en su intención de tapar el máximo espacio posible, dejó el único por el que podía pasar el balón.

Ashley Cole miraba con terror. Sabía que era buena. Sabía que, si Cech no lo impedía, el primer tiro del Barça entre los tres palos iba a acabar en gol. Frank Lampard también veía la jugada a cámara lenta. Aficionados londinenses, detrás de la portería, lo vieron nítido. Se llevaron las manos a la cabeza. En primavera de 2009, nadie sabía que lo único que se le podía decir a la muerte era not today. Tendrían que pasar años para aprenderlo. En aquelo momento, solo quedaba esperar a que Cech evitase lo inevitable.

Porque superados Ballack y Cole, se quedaban solos Petr Cech y el balón. Se levantó del suelo el gigantesco meta checo. Voló. Estiró tanto como pudo el brazo. Tensó los dedos. Pero no llegó. Se quedó a 18 milímetros. Llegó tarde. La pelota superó al portero del Chelsea, y ya no paró hasta estrellarse en la red.

Entonces, llegó la locura. Y después, la eternidad. En la Liga. En la Copa de Mestalla. En la final de la Champions de Roma. El primer triplete de la historia del club. Después, las supercopas. Y el Mundialito. Esas son otras historias para otra ocasión. Historias que, por muy increíble que pueda parecer, estuvieron a 18 milímetros de no haberse producido nunca.

Una distancia pequeña que se volvió insalvable para el Chelsea. Una distancia mínima en la vida cotidiana que, sin embargo, permitió que el Barça de Guardiola se volviese eterno.

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