Nueva Normalidad

Hay simbolismos que no tienen nada de simbólico. Por ejemplo, un gol. No hay nada más simbólico que una celebración, que el ruido ensordecedor de la afición, una manta de sonido que trepana, el silencio herido de la afición contraria, los compañeros corriendo siempre en busca del héroe repentino. El gol es un símbolo que trasciende lo simbólico. Y estos días, confinado, alimentándome de partidos que ya he digerido y que ahora resuenan como canciones lejanas, pienso que solo necesitaría un gol para volver a la normalidad. El gol, que te hace ganar o perder, que divide el mundo entre ganadores y perdedores contiene un poder infinito. Es un símbolo que, ahora, nos han arrebatado. Celebrar un gol será mi Nueva Normalidad, aunque no sepa lo que significa.

Al hablar de goles pienso en Leo Messi. Quién sino. El que más y mejores ha marcado. Los de Messi tiene su liturgia, su celebración casi pautada -brazos al cielo, mirada perdida, la abuela siempre presente-. Es ver celebrar un gol de Messi y en cierto modo notar que estás vivo, pero también palpar tu mortalidad. A cierta edad un gol deja de ser solo un gol para convertirse en “queda un gol menos” para que todo acabe. El fútbol tiene esa jodida capacidad de hacerte retorcer en tu asiento, de recordarte que todo tiene un fin. 90 minutos. Ahora, luchamos por una prórroga que, como sociedad, no merecemos. Repetimos siempre, como un mantra, aquello de “somos la pero plaga para el mundo”, pero en el fondo rezamos para vivir un día más, para que nunca cambie nada de nuestro estéril entorno. Queremos ser eternos. Como los goles.

Hablar de goles y pensar en Mascherano, que marcó un solo tanto en el FC Barcelona. Significó mucho más que lo que realmente fue porque los goles no solo son garrotes que te golpean con fiereza, sino que abren nuevas puertas. Cada gol guarda una sensación distinta, todos saben diferente aunque al final solo rescates un par de ellos. Ahora, solo necesito que alguien, quién sea, marque un gol. Aunque sea mentira, aunque sea en fuera de juego y el VAR lo anule mientras me desgañito, aunque sea el gol más feo de todos los tiempos. Tengo ganas de celebrar un gol, de notar esa pequeña descarga eléctrica que recorre mi cuerpo, de cerrar los puños y pensar que aquel gol es lo más importante en mi vida en aquel momento. Olvidarme al cabo de dos días de qué sentí, una amnesia forzosa. Porque, ¿Qué pasaría si recordáramos cómo nos sentimos en cada gol?

No hay nada más resultadista, más práctico, que un gol. Pero es a la vez un símbolo. De vida. De alegría. De tristeza. El gol nos conecta con nuestros instintos más básicos. Ahora, adormecidos en un mundo que se nos dibuja nuevo, necesitamos recordar qué sentimos, qué lloramos, cuando cerrábamos los puños y pensábamos que aquello era lo más jodidamente importante que nos había pasado.

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