La Comba y su Secreto

La Comba escondía un secreto aún por desvelar. Lo sabríamos más tarde, días después en el infernal Anfield. Pero en aquel momento el trazo que dibujaba en el aire contenía demasiada belleza como para ni siquiera imaginar lo que escondía. La Comba se presentó ante los ojos de Alisson sin pudor, desnuda. El balón rodaba sobre sí mismo como un planeta enfuerecido revelándose contra sus propias leyes. Rodaba como si quisiera librarse del cuero que lo rodea. Rodaba demasiado, trazando un arco espeluznante, demasiado preciso. Asustaba la violencia del golpeo. Alisson vio el cuero como vemos aquellas cosas que están demasiado lejos, que son algo demasiado grande como para poder hacer nada. Aún así, Alisson lo hizo.

El pie de Messi se quedó clavado en el aire, dejando una evidencia física del golpeo. El botín, agarrotado, estirado de forma grácil, señalaba con una precisión quirúrgica la escuadra izquierda. Paralelamente, Alisson se movía. El gol tuvo dos protagonistas. Dos actos. El disparo. La estirada. El guardameta brasileño empezó a dar pequeños pasitos de bailarina hacia su derecha, pisando el césped con mimo, reverenciando el Templo que vio el nacimiento de Leo Messi, de tanto fútbol, ahora en el ocaso. Los pasitos eran medidos, estudiados, pero la comba asesina del balón sabía lo que Alisson solo lograba intuir.

Hay pocas imágenes más potentes que la de un portero estirado, como si buscase alcanzar la inmortalidad con su mano, y el balón burlando su estirada. El balón terminó lamiendo la red con violencia. Lo hizo como si fuera el único final posible, y es que era Messi, Dios entre ateos, quien enviaba el mensaje. “Aquí estoy, he llegado, si es que alguna vez me fui. El Camp Nou es Mi Templo.

La comba trazó un arco salvaje. La comba escondía un secreto. Lo supimos pocos días después, pero en el fondo siempre lo supimos. Ese gol fue el más triste de nuestras vidas. El que avivó una ilusión que estaba muerta, porque solo el olor inconfundible del gol y l ruido devastador del moribundo Camp Nou son capaces de quemar algo que lleva tiempo helado. Anfield fue sepultura y mausoleo. El gol de Messi fue el preludio de una Muerte demasiado viva para poder enterrar. La comba escondía el secreto, escondía muerte a cambio de creer, durante un lapso de tiempo demasiado corto como para ser algo, en la vida. En la redención.

La comba que barrió a Alisson terminó volviendo, como una parábola maligna, hacia los aficionados que la celebraban. Ahí está, para la posteridad, el gol que pudo ser y no fue. Porque hay goles que terminan siendo tristes. Como cuando sonríes y te sale una mueca estéril. Goles que son sonrisas forzadas ad eternum.

La Parábola de Dios, que cantaba Flaqui, terminó aniquilando a su pueblo.

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