Diario de la pandemia

Lunes, (?). Otro día más, otro día menos. Ayer salieron los niños. Y los padres. Y llenaron las calles, las playas. Por desgracia. También se tendría que haber llenado el Camp Nou con la excusa de la disputa del partido en casa contra el Atlético. ¿Centrarse en el choque o reservarse para la Champions?. Quién sabe lo que hubiera pasado. Los rojiblancos no estaban siendo regulares en el marcador y el Barça estaba siendo regular en el juego. Madrugo, me ducho y me visto de calle, sin traje, porque es bueno engañar a una cabeza amaestrada para salir cada mañana. Me acompaña, como siempre, el monólogo de Alsina. El café me sabe a menos, cambio las tostadas por un tazón de avena. Pero (tele)trabajo, no puedo quejarme. Centenares de miles de personas están siendo afectadas por los ERTEs, así que me armo de convicción y trabajo con una sonrisa. Me pongo la camiseta de fútbol del día y hago ejercicio antes de comer. Ayer no hubo fútbol, no ganamos en casa. Ni perdimos. Hoy tampoco hay fútbol. Me conformo con quedarme en casa. Esto no lo levanta ni el Monday Morning de MI. Cuánta resignación. Me siento Martin Braithwaite con la llegada del Coronavirus.

Martes, Misma sensación que ayer, anteayer y los anteriores 40 días pero es un día menos para el final. Leo que se nos ha ido Robinson. Un mito que ha estado durante toda mi vida. Todo mi fútbol guarda relación con él. Nuestras vidas tenían un hueco para él. Maldito cáncer. Pedro Sánchez comunica el plan de desconfinamiento. Ya queda menos. Parece que podremos salir a correr. Las ganas que tengo de entrenar. Creo que Valverde nunca tuvo tantas como ahora. Pienso que hace tres semanas que no grabamos un nuevo episodio del podcast. Creo que es el mayor período de tiempo que he pasado sin escuchar esas voces ya tan cercanas. Hay que ponerle remedio pero, claro, no hay fútbol y lo que más nos gusta es hablar sobre fútbol, no otro tipo de asuntos. En su lugar, me pongo otros podcast sobre el balón que siguen grabando porque sacan temas de donde no hay: Turquía al principio, Bielorrusia y Turkmekistán ahora. Mientras tanto, la Federación, la Liga y el CSD parecen ponerse de acuerdo en reanudar la competición. Esa disyuntiva entre que empiece cuanto antes y que lo haga de forma segura. Igual que cuando escuchas una canción que te avergüenza que te guste. Hay ganas, para qué negarlo. Pero no a cualquier precio. Me siento Neymar mostrando interés por volver al Barça.

Miércoles. Estoy atrapado en esta interminable semana de este cada vez menos interminable confinamiento pero ya no me importa. Ya queda media semana para terminarla. La avena entra mejor y siento tener mejor tránsito intestinal. Pequeñas prácticas que necesitan tiempo y espacio para surtir efecto y convertirse en victorias personales. Hago ejercicio en casa como cualquier ser humano, incluso aquellos a los que idolatramos hasta empezar toda esta crisis sanitaria. Me siento seguro por vivir con una de esas heroínas que recibe esos aplausos cada vez menos efusivos que hace 40 días. Se nota en el ambiente. La gente está cansada. En esto todos somos iguales. Incluyendo al propio personal sanitario. Se palpa la misma ansiedad con la que el Barça salió en Anfield. Termino mis obligaciones laborales y veo un partido golstálgico. Quedamos los del Estadi en grabar un nuevo episodio. Viernes noche. Empieza a dibujarse una sonrisa en la cara. Empiezo a sentirme Luis Suárez recuperándose de la lesión.

Jueves. Ayer debía haberse jugado el partido de Champions. Semifinales. Como el año pasado contra el Liverpool. Lo que sufrimos, por Dios. Aquel golazo de Messi… Agito mi cabeza y vuelvo a la realidad. Ya queda menos. Sigo negándome a llamarlo juernes. Lo detesto tanto como el lenguaje bélico en estos días. Lo bueno es que mañana es festivo. Día del trabajador. Menudo año para celebrarlo… Aún queda todo el día por delante y mi mentalidad es “partido a partido”, soldado de Simeone en según qué circunstancias. Soy afortunado, no lo niego. Todo parece ir bien, sin sobresaltos ni sorpresas inesperadas. Pienso en Murphy y su ley: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Lo típico del aficionado culé que espera un nuevo escándalo de la directiva, un hachazo en forma de declaraciones en contra de Messi. Demasiado tiempo sin pasar nada. Las dimisiones forzadas dos semanas antes ya quedan tan lejos… Me siento incómodo, me siento como Cruyff sentado frente a Rosell.

Antoine Griezmann | Foto vía: Perform

Viernes. Día libre. Siento que he ganado la batalla psicológica a la monotonía. Ya queda menos. Cambio la avena por tostadas. Me pregunta Elisa sobre la actualidad del Barça y le respondo que como siempre, “preocupante., nada nuevo. Lo mejor, y lo peor, que ha tenido el club en los últimos diez años es un equipo ganador que ha tapado las vergüenzas de quienes manejan los hijos, tanto dentro como fuera del mismo”. Me dice que me relaje y tiene razón. Es demasiado tiempo sin fútbol y los pronósticos, por mucho que lea en la prensa, no son muy halagüenos. Grabamos el episodio del Estadi. Es menester ponerse las mejores galas para ello. Camiseta blaugrana o la amarilla de este año. La verde no, que da mal fario y aún no conocemos la victoria con ella. Me siento bien. Me siento como cuando Messi miraba a Neymar.

Sábado. Hoy no juega mi equipo. Era un día especial. Todo giraba, inconscientemente, alrededor del partido. Los planes se adecuaban a él. Mi cabeza también. La previa de Alejandro Mendo como parte del desayuno. Voy al mercado y me siento Bartomeu en busca del recambio de Neymar, que me como el mundo. Lautaro o Werner. La lista de la compra prioriza otras cosas pero tengo gusanillo y me apetece darme un capricho. O dos, que hoy toca aperitivo. No puedo ir al gym pero me entreno en casa, como Ronaldinho en su último año en Barcelona cuando se quedaba en el gym. Veo The Office como Guardiola veía partidos de los equipos rivales. Estoy tan harto de que no haya fútbol que extraño hasta a Messi. Bueno, a Messi lo extraño hasta cuando hay fútbol pero no juega. Pero, por fin, podemos salir un rato a la calle. Controlados mejor que confinados. Miedo me da. Las personas no somos seres humanos, sino seres a desconfiar. Tendemos a usar el término humano como elemento relativo al fallo. “Es humano errar”, se suele decir. Por eso echo de menos a Messi, o a ter Stegen, porque no suelen fallar. Me siento contrariado. Está bien pero no es suficiente. Ya queda menos. Me siento como Griezmann en el Barça.

El domingo no sé cómo me levantaré pues podré salir a correr o a pasear de nuevo, pero con esa ausencia de carrusel de partidos en Europa, mi costumbre de escuchar el Radioestadio, leer la crónica del partido de Albert Blaya, Francisco Cabezas o Ramón Besa. Asumido que es un domingo más sin ser un domingo como los demás, como los de siempre, me voy a dar un paseo con Elisa, la vuelta de honor, como hacían sobre el césped Xavi e Iniesta. Sintonizados. Ahí radica la magia de las pequeñas cosas. Hay miradas que abren caminos y tumban muros. Así debería sentirse Messi en sus últimos años, rodeado, seguro, confortado. En cambio, estamos más centrados en gastar que invertir. Poco o nada queda, en caja y en casa, de lo que fuimos. El argentino lo sabe. Ya queda menos. Tan solo un año para las elecciones. Pinta que el próximo verano la historia pueda cambiar a mejor. Como el desconfinamiento. Puestos a soñar… Me siento como cuando en agosto íbamos a fichar a Neymar.

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