El equipo que ordenó el caos

Son días desagradables los que vivimos actualmente. En cada albor, desde nuestro televisor, ordenador o móvil nos llega el recuento de contagios y víctimas de la jornada anterior. En el interior del coetáneo ser humano, como normal general, habita una sensación de inutilidad terrible. Ha pasado tanto tiempo que ya ni nos acordamos de cómo era la vida hace dos meses; de esa fiesta inolvidable; de aquel último partido de fútbol que vimos en directo. De nada. Solo lo pensamos y lo contemplamos desde la distancia, como algo inalcanzable. Suena utópico pensar que podremos salir a la calle. En ocasiones así, te das cuenta de que las cosas se empiezan a valorar, cuando ya se han perdido. Cuando te paras a pensar, ya no lo tienes, como esa estrella que sobrevoló tu cabeza aquella noche de verano. Se fue, y ¿ahora qué? 

Algo similar pasó con el Barça dirigido por, en su día, un bisoño entrenador sin experiencia, quizás os suene, Pep Guardiola. Un tipo astuto que, junto a sus muchachos, dotados de una técnica quimérica, cambió el devenir de este deporte. Empezó a desarrollar preguntas, que años más tarde, se empezarían a responder. Llegó a tocar el techo de la excelencia, realizando actuaciones memorables, que se hallarán siempre dentro de nuestros corazones.

Entre las muchísimas claves de su éxito, se encuentra su comportamiento tras perder lo que más querían, el balón. A partir de una depurada y minuciosa pizarra, Pep consiguió el control del caos. La quietud en la inquietud. Esto fue su transición defensiva, pero ¿qué ocurría para eso? ¿cómo se reaccionaba ante el cambio de fase? Antes de empezar el análisis, que estará basado en la temporada 2010/11, hay que separar dos tipos de comportamiento ante la pérdida de la pelota: la presión intensa tras la pérdida y el repliegue, ambos muy utilizados bajo la batuta de Guardiola y que no se entiende uno sin el otro. 

El fuerte del equipo era su presión tras la pérdida, que se entendía como causa y consecuencia del contexto. No trataban de ahogar al rival como idea general, sino que era el resultado del juego ofensivo del equipo. El ataque condiciona siempre a la defensa y viceversa. Las largas posesiones del elenco de Guardiola no eran un fin, sino un medio para la consecución de dos aspectos claves del juego de posición: marcar gol o perderla en contextos favorables. Pero, ¿qué contextos buscaba Pep?

Ese Barça trataba de domar y amaestrar el partido, organizando su estructura con balón y desordenando la del rival. Para que esto sucediese se precisaban muchos pases, la mayoría cortos, con cercanos. Cuantos más pases, más juntos. Esto le permitía caminar de manera coral, realizar coberturas para una posible pérdida y romper la estructura rival. Pero claro, también el juego precisa de jugadores que permitan tener amplitud y profundidad, con lo que había que juntar al equipo, sin pisarse los espacios, respetando las distancias de relación. Si esto se realizaba con éxito, se lograba, en muchos casos una buena ocupación de los espacios ante posible pérdida y la imposibilidad del rival para estructurarse y poder transitar en pocos segundos. Además, los descolgados, estaban emparejados casi de manera individual por un zaguero culé, que buscaba anticipar o temporizar, con lo que sumado a la fatiga física y mental, era casi imposible salir. Estos eran los contextos que provocaban que los jugadores blaugranas asumieran riesgos. 

A partir de este tipo de escenarios, que se repetían casi de manera constante, el Barça de Guardiola rozó la perfección gracias al rigor táctico que se percibía en cada frecuencia. El colosal equipo culé, desarrolló una serie de patrones que permitían saber a cada ficha del tablero, cuándo y cómo debía hacer las cosas.

Primero me centraré en la conducta ante la pérdida con superioridad posicional en carril lateral. Si se perdía en los costados del campo, y el contexto era favorable, se asfixiaba a todo jugador de camiseta distinta de tal manera que se redujese al mínimo posible sus ideas y posibles líneas de pase. Pero siempre buscando evitar que se pudiese progresar en el carril que se pérdida, con lo que se debía tapar el eje longitudinal, y evitar que el balón saliese de zona de manera diagonal a otro carril y se pudiese avanzar por allí.

Jugar en banda es mucho más complicado y limitado que en el centro, pues tienes la línea de cal, que estrecha la circulación, y eso lo tenían en su mente cada vez que presionaban allí. Con la ayuda de los jugadores de otros carriles, se generaban superioridades, se cerraban las posibles salidas y se obligaba al rival a desprenderse de la pelota, todo esto a una velocidad altísima y un dominio de la situación abrumador. 

En carril central la cosa cambiaba. Hay más puertas de salida y el riesgo es mucho mayor, aun así, si la situación era favorable, no se rechazaba el intentarlo. El objetivo de toda presión tras pérdida en el centro era que, bajo ningún concepto, el balón progresara en vertical, pues está la portería. Los jugadores de banda cerraban y los del centro, con acosos frontales, temporizaban para esperar la llegada de los jugadores superados para robar. Busquets era fantástico en eso, pocos lo entendieron mejor que el de Badia. También, se buscaba orientar la progresión rival hacia los costados, de manera horizontal, para ganar tiempo al retorno. Si no se podía y la transición rival era más rápida y eficaz que la propia, se realizaba falta. Había partidos en que contadas veces el rival podía llegar a la portería de Valdés. 

En muchas situaciones, debido al juego del Barça el balón se perdía por errar en el pase hacia la ruptura, con lo que el escenario se planteaba de tal manera que el esférico estaba a la espalda de la defensa, el poseedor muchas veces mal perfilado, con tan poca visión del entorno, que incitaba a todo jugador blaugrana a acosarle. Aquí también existía un patrón fijo. Acosos frontales, que permitían percibir mejor lo que le rodea, tapar líneas y saber si había que abortar. y disuadir hacia la banda. Con esto, ocurría, como en el ejemplo, una inferioridad numérica, se transformaba en una superioridad posicional. 

Para acabar, cabe tocar aquellas situaciones, poco frecuentes pero muy importantes, en las que el equipo fracasaba en el intento de presión por cualquier motivo: pocos pases, mala ocupación de los esconpacios, se sacaba el balón de zona… En estos escenarios era imprescindible tener un plan B, por el “y si esto no funciona, ¿qué hacemos?”. Ante esto, era clave el ‘timming’ con el que se defendía. Eran situaciones de inferioridad, por lo que se debía temporizar, aspecto que garanitzaba el retorno de los jugadores superados, disuadir a un costado, lugar en el que se hace menos daño, y, sobre todo, evitar ser superado con un pase en vertical. Los zagueros debían deslizar con sus marcas para evitar que recibiesen en una posición ventajosa y cada jugador por encima del balón debía volver para ser, de nuevo, la oposición para que el balón progrese. 

Todos estos aspectos de la transición le permitieron llegar a unos niveles inaudito, dominar las contiendas como si no existiese rival. Un equipo perfecto, que cuando acabó, nos empezamos a dar cuenta de que tenían tan solo un defecto, la mortalidad. Son días desagradables los que vivimos actualmente, pero siempre nos quedará el recuerdo del pasado. 

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