EL VACÍO MÁS IMPONENTE

Seguramente este texto sea más un relato personal que no tanto uno futbolístico. Aunque en parte ambos componentes siempre acaban mezclándose. Dos años y medio atrás, el Barcelona jugó uno de los partidos más tristes de su historia. Sin ser periodista, o por lo menos no todavía, viví en primera persona la victoria frente a la UD Las Palmas a puerta cerrada el 1 de octubre de 2017. Tan solo acreditados, trabajadores de la entidad y jugadores y cuerpos técnicos estuvimos en el Camp Nou aquel día. Una cita trascendental para el club. Y para la ciudad.

El fútbol que viviremos inmediatamente después del periodo de confinamiento será distinto al que conocíamos hasta ahora. Por lo menos en su fase embrionaria. Competir a puerta cerrada parece que será algo común los primeros meses. Sería lo más sensato como punto de partida hacia una recuperación progresiva de la normalidad. Dudo que exista algo más desalentador que disputar un partido con las gradas vacías. Ese silencio sepulcral. Esa nada ensordecedora

No era la primera crónica que escribía, pero sí es probable que sea la más desastrosa jamás publicada en algún medio. Fui incapaz de canalizar aquel torrente de emociones. La experiencia sensorial me sobrepasó. El colegiado decretó el final del encuentro y mi documento estaba todavía en blanco. Tecleé algunos párrafos sin sentido, cohesión ni coherencia, rellené la ficha técnica, incluí varias imágenes y lo envié a mi coordinador para que la pieza estuviera en la web lo antes posible. 

Apenas recuerdo un puñado de jugadas. De hecho, he tenido que revisar quién anotó los goles. Había olvidado por completo que Sergio Busquets abrió el marcador en la segunda mitad. Y que Messi lo completó con otro doblete en su trayectoria. En mi memoria solo constaban el resultado y algunos jugadores que dispusieron Ernesto Valverde y Pako Ayestarán sobre el tapete. 

Mientras veía el choque, mi cabeza estaba centrada en saber lo que sucedía en las calles de Barcelona a través de la radio o de mi teléfono móvil. Al mismo tiempo estaba en contacto con mis padres, mi hermana, mi pareja e incluso varios amigos cercanos. El foco principal estaba precisamente fuera del terreno de juego. Pero la última finalidad de estas líneas es inmiscuirse en política, por lo que ese debate lo dejaremos para quien lo quiera abordar. 

El partido fue a primera hora de la tarde. Ante las dificultades para circular por la capital catalana, me cercioré de salir con tiempo hacia el feudo azulgrana. Varios medios auguraban que el choque se iba a cancelar, pero no me bajé del autobús hasta que se hizo oficial. Pero para más inri, nada más entrar por la puerta de casa, el club aseguró que iba a disputarse a puerta cerrada. Tuve que salir corriendo. Faltaban diez minutos para el inicio y yo me encontraba entre la inmensa multitud que se agolpaba en los aledaños. El desconcierto era general. Logré hacerme hueco hasta recoger mi acreditación. Y pude acceder finalmente al estadio. Me senté en el pupitre asignado, rodeado de plumas de un calibre inmenso, e intenté serenarme. Sin éxito, por supuesto. 

Fue entonces cuando entendí el mensaje de Eduardo Galeano. Cosa del destino o no, en mis ratos libres andaba leyendo su preciado Fútbol a sol y sombra. Qué razón tenía cuando decía que no hay nada más vacío que un estadio vacío. El Camp Nou presentaba un aspecto desolador. Nubes grisáceas. Silencio imponente. Uno de los templos del fútbol quedaba reducido a la nada. Desangelado, sin alma. El fútbol, tal y como lo conocemos, no se entiende sin su gente. Es el componente que mejor define este deporte: la multitud que mueve. También como señala Nick Hornby en Fiebre en las gradas, por muchos micrófonos de ambiente que se pongan entre el público, serán incapaces de reproducir el ambiente de verdad. El graderío es lo que de verdad genera que sea uno de los deportes más especiales. El fútbol, con el tiempo, volverá a recuperar su estado natural. Se seguirá yendo al estadio. Se seguirán llenando las gradas. E incluso se seguirán llenando los bares o las casas. Es cuestión de eso: tiempo.

Llegué a casa, no sin antes acercarme a depositar mi voto, con un ciclón de emociones dentro de mí. Con un cansancio emocional que nunca había experimentado. Había sido un día histórico. Una de esas fechas que quedan en el ideario colectivo. Pero para mí fue, sobre todo, un privilegio. Aunque de esto último no fui consciente hasta varias semanas después. Ojalá fuera solo fútbol. 

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