FRACASADOS

“Dicho de una persona: Desacreditada a causa de los fracasos padecidos en sus intentos o aspiraciones”. 

El joven poeta vienés Hugo von Hofmannsthal escribió a principios del siglo pasado en su Carta a Lord Chandos que “Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa.” Las palabras habían dejado de tener sentido de tan usadas, una sobreexposición que las fue gastando, convirtiéndolas en poco más que cuencos vacíos de significado. Hoy, un siglo después, tenemos tantas palabras que, paradójicamente, no tenemos ninguna. O no las entendemos. Se han ido alejando de nosotros y ahora nos suenan extrañas.

Uno de los principales problemas es cuando queremos subyugar una palabra a nuestra voluntad. Es un error. Pues las palabras significan lo que significan, ni más ni menos. Es en esta prostitución desenfrenada de donde nacen tantísimos fracasados. A mi me gustaría fracasar si ser un fracasado es ser Josep Guardiola o Jürgen Klopp. ¿A quién no? Pero también esconde un discurso realmente peligroso, uno que, de forma subrepticia va modulando nuestras vidas. Fracasar es, para ellos, no hacer lo que ellos creen que debes hacer. Es decir, un fracaso impostado. Ya me jodería que el fracaso me lo impusieran desde fuera. Hay pocas palabras más íntimas que esta. Solo tu te la puedes imponer.

Fracasar es un verbo grandilocuente, de tertulia y carajillo, de grandes batallas, de derrotas apabullantes. Pero poco a poco lo hemos ido ligando a la inmediatez y en cierto modo a la suerte. En el fútbol moderno fracasar es no ganar la Champions. Fracasar es lo normal. Y cada año se crean fracasados. Hasta Messi, que nunca ha ganado nada con Argentina es un fracasado. Fracasado. De tanto repetirla la veo como una palabra extranjera, extraña, violenta. A mi las palabras me parecen seres maravillosos; todas necesitan un contexto, un espacio concreto. De tanto usarlas sin sentido van quedando, poco a poco, desgastadas. Fracasar, ¿Qué significa?

Ligar el fracaso a la derrota en el fútbol es tan absurdo como ligar el fracaso con la nota de un examen. El proceso, aquello invisible a ojos del espectador- es decir del juez impasible que pontifica desde su sofá- es lo que realmente marca a entrenadores, jugadores y, en definitiva, a las personas. El proceso del día a día, que es precisamente lo más importante, es lo que no vemos. Todos hemos fracasado una noche. Si es que fracasar es la palabra, que no la es. El fútbol, si por algo nos engancha y nos deja sin aire es por su amfetamínica condición, su invitación constante al error, la capacidad que tiene para forzar siempre el fallo. Es el deporte del error

Fracasar, creo, es un verbo que debería reservarse para ocasiones realmente especiales. Como cuando como sociedad somos incapaces de ser altruistas y empáticos, dejando morir gente en el mar. A eso sí le pondría yo la etiqueta de fracaso. Pero duele más, nos pone un espejo. Y el fútbol, si por algo sirve, es por poner el espejo al revés, mirar reflejos que nunca sean los nuestros.

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