Deconstruyendo a Thiago

Espejo y sentimientos. Leer un texto que escribiste hace años provoca más vértigo que contemplar una vieja foto. Eres tú, pero no. Se trata de un ejercicio arriesgado que puede enriquecerte (autoironía, perspectiva) o fastidiarte el día (puerilidad, nostalgia). Los incesantes rumores sobre la vuelta de Thiago, avalado al parecer por un miembro de peso de la junta barcelonista, me animaron a repasar un artículo de 2013 para medir mis sentimientos de entonces con los de hoy. Sienta bien ordenar ideas. En caliente su decisión me pareció atrevida pero siete años más tarde cabe preguntarse si lo más valiente no hubiese sido crecer en el Camp Nou. Y el factor coraje se aplica también a su próxima elección, que marcará irremediablemente su trayectoria: ¿es más acertado permanecer en Múnich o vale la pena un todo o nada vestido de azulgrana en plena madurez?

Razón y orgullo. El fútbol viaja de la mano del amor propio, por eso muchos prefieren tener razón antes que una victoria de su equipo. No es mi caso, lo voy advirtiendo. Los culés se dividen hoy en dos grupos: quienes ni olvidan ni perdonan la marcha del mayor de los Alcántara por 25 millones y quienes creemos que la felicidad es tener buena salud y mala memoria. Si bien incorporar a un futbolista de 29 años recién cumplidos no casa con la idea de rejuvenecer la plantilla, en las arenas movedizas e inciertas de la economía post-virus y con contrato vigente hasta 2021, Thiago representa una oportunidad tanto de mercado como emotiva. ¿Acaso hay algo más romántico que confirmar tu valía en tu propia casa? ¿Existe una mejor forma de salir de tu zona de confort que regresar a ella y romperla?


Riesgo y juventud. La principal crítica que acompaña al hispano-brasileño durante su carrera es la tendencia al preciosismo superfluo. No obstante, convendría afinar la puntería al analizar este punto ¿débil? del genial futbolista del Bayern. Me explico. Es verdad que el Thiago más verde que vimos en el Barça cometía errores en zonas calientes, pero no es menos cierto que la índole de sus fallos guardaba más relación con la toma de decisiones —deficiente, como la de cualquier joven y la de tantos veteranos— que con el adorno. A veces la mejor manera de demostrar personalidad sobre el césped es guardársela entre la media y la espinillera y asegurar una docena de pases antes del colpo di genio. Thiago empezó la casa por el tejado y aún hoy paga el peaje de forma injusta. ¿La solución? Reconquistar la titularidad en el Barça, algo que le permitiría sacudirse para siempre la incómoda etiqueta de jugón superficial.

Talento y rigor. Si ver jugar a Thiago es una delicia, observarle durante esos momentos de concentración distendida propios de un calentamiento resulta hipnótico. Sus virales exhibiciones técnicas en los entrenamientos abren un debate con aristas: ¿podría elevar su nivel si afrontase los partidos con ese punto de ousadia que distinguió a Ronaldinho? ¿Mejoraría su juego si le viéramos sonreír más a menudo en el campo como a un Neymar de la sala de máquinas? ¿O es precisamente ese rigor de centrocampista infalible el factor X que convertiría a Thiago en un pilar fundamental del Barça? La respuesta es harto complicada. Debe ser él mismo y a la vez soltarse. Casi nada, lo sé. El riesgo de vivir a mitad de camino es como la sonrisa forzada previa a una foto; entre la carcajada sincera y la seriedad postiza aparece una mueca grotesca.

Instinto y análisis. Un tema recurrente en las conversaciones con Thiago es el de la intuición, característica crucial para sobrevivir en el atasco de piernas de la medular. A pesar de pertenecer indudablemente a la categoría de futbolistas de cabeza levantada, en ocasiones ha confesado guiarse por el instinto para ejecutar sus pases en la zona ancha. Lo quiero para ayer, le grita el fútbol a los mediocampistas. En sus propias palabras, es fundamental “obtener una visión panorámica del partido, detectar posibles espacios y fijarte en los jugadores que te rodean”. Esta versión madura de Thiago evoca consciencia y humildad: regresar al Barça supondría asumir el reto mayúsculo de combinar los ojos en la nuca de Xavi con la picardía y manejo del tempo con el rabillo del ojo de Busquets. Apetece, ¿verdad?

Thiago oder nichts. Guardiola mandó un mensaje meridianamente claro a la directiva del Bayern tras fichar por el club bávaro: Thiago o nada. El de Santpedor ya le hizo debutar en el primer equipo azulgrana en 2009 y nunca ha escondido su predilección por Mazinho Jr, a quien si pudiera se llevaría ahora a Manchester con los ojos cerrados. La química es recíproca y su pupilo tampoco tiene dudas: “con Guardiola como técnico aprendes más y más rápido”. Este duradero binomio maestro-alumno plantea una pregunta que, por obvia, asusta a los más escépticos con su regreso: si Pep es el entrenador ideal para el modelo Barça, ¿por qué no puede encajar Thiago como un guante en el centro del campo de Setién?

Estilo y control. Lo fácil para un canterano sería ganarse al cruyffismo declarándose admirador del espectáculo o devoto del noble arte de marcar un gol más que el rival. Y sin embargo Thiago añade matices a su discurso que son un soplo de aire fresco en un universo de tópicos. Dame para mi equipo futbolistas cuyas respuestas estimulen la mente. “No me gustan los partidos locos”. Nada de pirotecnia. A Thiago le ocupa y le preocupa el control; música para los oídos de todo entrenador. Al describir su estilo coquetea con el concepto del pivote brasileiro. Vaya, pensarán algunos, ¿otro centrocampista que anhela vivir en la base de la jugada? ¿No tenemos bastante con De Jong y Arthur, que querrían ser Busquets de mayores?

Encaje y pensamiento. Su hipotético rol es la principal cuestión sobre la mesa. Thiago ha jugado de 10 con Ancelotti y en su momento dorado con la Sub-21, cuando fue elegido MVP de una Euro 2013 de la que salió campeón. Con Heynckes, Kovač o Guardiola ha ocupado una posición más retrasada, la de número 6, sin que ningún técnico de club o selección haya apostado por él como 4. ¿Dónde podría jugar en el Barça actual, entonces? Donde quisiera. Como he mencionado anteriormente, la querencia de los peloteros de la primera plantilla por bajar a recibir genera un embudo en la salida de balón cuando coinciden en el campo Busquets, Arthur y De Jong. Valverde y en menor medida Setién han demandado al brasileño un paso adelante en términos jerárquicos y geográficos; y los primeros meses del holandés dejan la sensación de que su versión mandona y dinámica llegará cuando se le entreguen las llaves del equipo desde la posición de Busi. ¿Querría Thiago esas llaves o daría lo mejor de sí unos metros por delante?

Balón y sensaciones. Recuerdo con especial admiración y cariño una respuesta de Thiago, a quien se le cae la calidad de los bolsillos al confesar cómo recuperó la confianza tras una lesión. Un tío tan bueno como para darse cuenta de estar en forma después de un fallo con la pelota. “Un día le pegué mal y supe que estaba curado. Fue en una disputa en un entrenamiento. Sentí el placer de golpear el balón contra un compañero. Pegarle mal y que no pasara nada. Eso es fútbol, el contacto. Me sentí de vuelta”. Pronto sabremos si regresará al escenario más exigente y por ello estimulante del planeta fútbol: el Camp Nou. Quizá durante esta pausa prolongada Alcántara haya podido medir sus sentimientos de ayer con los de hoy como yo con mi artículo.

Thiago tiene interiorizado el juego del Barça y no necesitaría rodaje, por lo que un buen maestro juntaría al trío De Jong-Arthur-Thiago con una pizarra en blanco y les preguntaría con una sonrisa y rotulador en mano: contadme, ¿de qué queréis jugar?

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