Un Gol de Truman

En el Show de Truman el protagonista creía que todo era cierto hasta que descubrió la ilusión de la forma más cruel. Hay vidas que despiertan en un instante desgarrador.

El Camp Nou es un estadio ciclotímico. Las emociones tienen mucho de mentirosas, tienden a hacernos trampas, a dejarnos en evidencia. Aquella noche, el Camp Nou era una alfombra de ruido ensordecedor bajo un cielo negruzco. Había mucho de premonitorio en todo aquello. Pero en el verde, los jugadores aún no lo sabían y jugaban sin conocer su destino. Escribir mirando al pasado te concede un poder, una fuerza misteriosa y terriblemente atractiva. Pero allí abajo, en el manto verde que luego se plegaría en silencio, nadie aún sabía nada.

El cuero, como en un choque de neutrones, salió despedido, con fuerza. El área estaba abarrotada de jugadores, esparcidos sin sentido alguno, agonizando ante los últimos latidos del partido. Cuando la muerte acecha, el fútbol deja sus ataduras para convertirse en su versión primigenia, un partidillo de patio de colegio en el que todos los futbolistas vuelven a ser niños. Aunque solo sea un momento. Aunque sean unas semifinales de la Copa de Europa. El balón, tras el rechace, salió en dirección a Él, al Elegido. Jamás había tenido una oportunidad así. Lo que no sabía es que tampoco la volvería a tener. Ese no saber es el que empequeñece, el que te hace vulnerable y a la vez te hace sentir invencible.

Recibió, Él, el balón dentro del área. Sorprendentemente no había nadie cerca, podía disparar. Pero controló, empujado por el Camp Nou, ojos inyectados en sangre, y se perfiló, en un instante que se segmentaba, esparciéndose cada vez más. Parecía eterno. Infinito. El disparo, seco, durísimo, con su pierna derecha resultó inapelable, imparable para el guardameta que solo pudo contemplar el balón. Lo contempló como se contemplan las cosas que no van contigo.

Recuerdo ver movimientos zigzagueantes, gritos animalescos, saltos imposibles, abrazos, besos, manos a la cabeza, recuerdo ver mil cosas en un segundo, recuerdo girar mi cuello hacia arriba buscando la cara de mi padre, buscando cruzar miradas. El gol, en el último instante, sabe a algo que uno no puede describir con palabras. El ciclotímico Camp Nou, enmudeció. Parece mentira el cambio de emociones que se pueden dar en un instante. Los rostros felices y alegres fueron sucedidos por una rigidez extraña, como de película, como forzada. Ojos abiertos, manos a la cabeza en señal de Oh No Puede Ser. Tiritaba algo dentro de las 98.000 personas, algo que se rompía. No hubo casi tiempo a celebrar nada, pero el instante que se celebró fue demasiado intenso, demasiado grande como para olvidarlo.

Hay goles que jamás existieron pero que sin embargo dejan huella. Aquel de Bojan Krkic, una noche de abril de 2010 ante el Inter de José Mourinho marcó para siempre su carrera y partió el alma de un equipo que había tocado el cielo y se creía invencible. Pasaron apenas unos segundos que condensaron toda una existencia. El destino enseñó su cara más feliz, regodeándose en su poder, para asestar un golpe mortal. Bojan, que era un niño, jamás volvió a estar tan cerca de la inmortalidad y despertó de su Show de Truman con un gol que jamás fue

Aquella noche Mourinho señaló las estrellas mientras el agua le recordaba su mortalidad. Pero aquella noche José olvidó serlo mientras su equipo ponía rumbo a Madrid. El fútbol se encargaría de volver a juntar dos historias que merecían muchos más capítulos. Mourinho y el Camp Nou vivirían muchas más batallas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s