El honor

Budapest es ese amor de Mario Benedetti que dice “tengo que amarte aunque esta herida duela por dos”. O por cuatro, en este caso. Y aunque el resultado no fue el deseado, el recuerdo es imborrable. Un doloroso amor para siempre. De aquellos que recuerdas y sonríes entre lágrimas. Aquella historia que cambia todo lo que conocías hasta el momento.

Pero aquella tarde soleada, de un 18 de mayo de 2019, tuvo un minuto en el que los azulgranas asistentes al Ferencvaros Stadium, de entre 20.000 espectadores, sintieron ese amor como correspondido. Como el verdadero. El que iba a ser para toda la vida. Y en cierta medida, lo sería para siempre. El Olympique de Lyon sería aquella historia que te enseña a creer en el amor.

Cualquiera que haya amado tiene una cicatriz, pero a veces se olvida. Es lo que ocurrió llegados al minuto ochenta y nueve de partido, a tan solo un minuto de finalizar una pesadilla que hacía despertar al Barça de un, hasta entonces, bendito sueño. Se borraron los tres goles de Ada Hergerberg y el temprano golpe de Marozsan. Y apareció el honor y la esperanza.

La disputa entre Leila Ouahabi y Delphine Cascarino en la banda izquierda parecía ser una más de entre las tantas contiendas que acaecieron durante el tiempo reglamentario. Pero apareció Lieke Martens, empeñada en que “90 minutos no puede durar el amor”, deseando que hubiese más lapso en el minutero, como India Martínez. Y por un momento, su conducción y carrera hicieron creer en él. Pasó el centro del campo a velocidad de crucero y con el muro francés en frente, la neerlandesa creyó. Y con ella, también Asisat Oshoala. La delantera -alguien que conoce lo que es luchar por el amor al balón y se sobrepuso a las condiciones paternas- hizo de una de las mejores centrales del mundo –Wendie Renard– una minúscula partícula de polvo. Casi inexistente.

Control orientado con la derecha. Sin ni siquiera levantar la cabeza, sin mirar, con las ansias de quien conoce el amor, el placer y desea volver a experimentarlo. Ni la rápida salida de Sarah Bouhaddi, ni tan solo un resbalón en el momento más inoportuno impidieron celebrar el primer gol de un equipo español en una final de la Champions League. Un tanto que recuerda al FC Barcelona que no todo triunfo es la victoria, sino el triunfante mérito -no por no haber vencido al majestuoso contrincante- sino por haber con coraje peleado.

 

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