La Caída

Los espectadores, acomodados en sus butacas (aunque algunos, avispados, ya estaban de pie con los ojos desorbitados por el extásis) podían intuir el contorno, imaginarse el desenlace. Pero Josep Guardiola lo sabía como sabemos nosotros que la lluvia moja. Lo sabía como una verdad universal, una que acabaría por destrozarlo. Los entrenadores pueden saber muchas cosas, pero no pueden parar la inercia de algo demasiado grande, algo que ni siquiera pertenece a este mundo. Muchos lo han intentado, Guardiola lo intentó, pero nadie, nada, podía parar a La Bestia en su recorrido, pasos cortos, bola pegada al pie como se tienen pegadas las cosas que uno ama con devoción, mirada asesina. Más allá, la nada. Messi, como una galaxia en sí mismo, propagándose y haciendo empequeñecer todo lo que le rodea.

Todo sucedió en un momento, apenas unos segundos, pero narrarlo lleva tiempo. El tiempo no es que fuese más lento, sino que se atomizaba, diseminándose en millones de fotogramas. Cuando Leo Messi recibió el cuero, pico del área, algo se abrió como si se rajase el universo con un cuchillo, dejando los secretos de las estrellas al descubierto. Cuando Messi recibió, acomodando el balón con un sutil toque con su botín izquierdo, los jugadores del Bayern estaban demasiado lejos algunos, demasiado cerca otros, como para poder hacer nada. Y es que con Leo no sirve estar muy cerca, con él eso no vale. Jerome Boateng, espectador de lujo, lo entendió aquella noche. Entendió lo que solo puede entender a base de ejemplo, como la muerte o el sexo. Messi entra en aquella clase de experiencias místicoreligiosas que solo se pueden entender si eres un devoto o si se te aparece: aquella noche a Boateng se le apareció.

Hay cierto narcotismo en La Caída de Boateng. Como cuando ves algo muy pesado, enfermizamente pesado, caer sobre la superfície de un lago o una piscina. Ese poder que se le concede al que mira y observa y sabe que no se le ve, como de voyeur, es excitante, relajante. El quiebro de Messi fue seco, demasiado brusco como para que Jerome pudiese ni siquiera reaccionar. Cayó, aturdido, mientras Messi gambeteaba hacia el arco rival. Hubo en aquella Caída cierto patetismo, pero también cierta redención. Messi tumbando al agnóstico, Messi dando pruebas cuando ya todos estábamos convencidos de su poder. En la grada seguíamos mirando, sintiéndonos poderosos.

La Vaselina sucedió La Caída. Boateng, tumbado, en una posición de No Me Miréis Estoy Bien ciertamente divertida lo vio; vio como el pie derecho de Messi, el teóricamente malo, demostró que es mejor que el 90% de pies buenos de todos los futbolistas profesionales y en un micro segundo apenas apreciable se acomodó el balón sobre el pie, como si fuera fácil (ahí está el truco, hacerlo parecer fácil) y viendo que Manuel Neuer salía a recuperar el honor perdido de Boateng decidió burlar, una vez más, lo que sea que mande en el fútbol para con un toque preciso, insultantemente sutil, superar a Neuer que se quedó paralizado, quizás pensando que no podía ser. Resulta aterrador que este toquecito casi imperceptible, tan bello, pueda resultar una arma de destrucción masiva.

Messi superando a Jerome Boateng. | Foto vía: Bleacher Report.

Para cuando el balón había entrado y el 2-0 lucía resplandeciente en el marcador del viejo Camp Nou, flotaba en el aire un ambiente enrarecido de autoconsciencia histórica. La gente, apiñada en sus asientos, sabía que aquello iba a pasar de alguna forma u otra a la historia. El recorte, La Caída, la picadita como de partidillo de patio, de otros tiempos. Todo, además, en un lapso de tiempo absurdamente corto reduciendo la escena a un cuadro barroco, con el cuerpo de Boateng tirado en el suelo, Neuer postrado mirando hacia atrás y Leo corriendo hacia el banderín. Guardiola, fuera de imagen, lo sabía. Nunca lo vio tan claro.

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