LA HERIDA MÁS PROFUNDA

Colapso. La última exhalación de un equipo sedado que, además, parecía condenado desde su primer minuto de vida. El Barcelona de Tata Martino sucumbió al auge de Diego Pablo Simeone para escribir el final que reflejó de la forma más fidedigna su propia historia: sin vencer ni siendo derrotado. Sin respuesta. Impasible. Incrédulo. 

Por muchos años que pasen, sigue sin siendo un reto escribir el relato de aquel Barcelona. El rosarino cogió a un equipo emocionalmente roto; un colectivo fatigado, agotado, saciado. No llegó en el momento idóneo ni con las ideas que se adecuasen a este. La transición bajo la batuta de Tito Vilanova tuvo muchas aristas. Como sucede en el desamor, uno pasa por muchas fases. E intentar acelerar los procesos de cicatrización no suele ser sinónimo de buenos resultados. De alguna forma, el equipo intentó volver a brillar sin querer pasar por una etapa de asimilación. El Barcelona de Pep Guardiola murió cuando el de Santpedor decidió desabrocharse el cinturón, pero lo cierto es que necesitó tocar fondo para ser consciente de la realidad. Necesitó saber que era terrenal. Frágil. Humano. 

La perspectiva y el tiempo nos confesaron que el equipo pedía a gritos una revolución. Caras renovadas, perfiles nuevos e ideas frescas. Prescindir no tanto de un modelo caduco, sino llevado hasta una excelencia agotadora. Aire limpio. Quizá otra forma de hacer las cosas. La teoría era sólida, pero la práctica no era un ejercicio sencillo. Ahí es dónde empezaron a ahogarse tanto jugadores como técnico. 

Quizá por un factor de suerte o quizá porque al Atlético sintió vértigo al verse tan cerca de un éxito que en su momento se presuponía tan irreal como histórico, ambos conjuntos llegaron con posibilidades al título en la última jornada liguera. La número 38, la de los transistores. Aunque en esta ocasión, para decretar al campeón bastaba con estar pendiente de lo que sucedía sobre el césped del Camp Nou. A los azulgranas solo les valía la victoria y todo parecía dar indicios de que las cosas podían salir bien. Como en los cortos dramáticos, comer perdices pese a todo. Aún sin Xavi ni Neymar en el once de inicio, el Barcelona arrancó de manera óptima. Un espejismo. Otro más. Sin rigor táctico ni capacidad para gestionar las posesiones, no tardó en mostrar dudas permanentes en el juego. 

Alexis Sánchez pareció acercar a los azulgranas a un paraíso inexistente con uno de aquellos goles que permanecen en el ideario colectivo. Recordado en el tiempo por su plasticidad e importancia. Pero el Barcelona era un equipo débil, temeroso. Y para el Atlético no había nada tan tentador como ver dudar a su presa. Porque era un equipo diseñado para saber esperar su momento con el fin de saltar sobre la yugular del rival. Luego se regocijaba viendo cómo este trataba de rehacerse. Sabía que ya estaba muerto

Diego Godín, el máximo exponente de la filosofía cholista, saltó al rectángulo de juego en la segunda mitad disfrazado de Hugh Glass en El Renacido. Se cobró su venganza a la salida de un córner con un remate poderoso dentro del área que ponía en liza lo que era el Atlético de Madrid en su esencia: resistir es vencer. Y no había equipo que lo hiciera mejor en todo el continente. 

Dicen que el campeón es siempre justo vencedor. Igual aquel Barcelona no lo hubiera sido. Sí el Atlético. Lo mereció; y el fútbol, solo a veces, imparte justicia divina. La personalidad colchonera fue de aquellas en las que tienes el control en todo el momento. Con la seguridad de que, pase lo que pase, dependes de ti mismo. No el Barcelona, que vivió -y no solo en el partido- un constante vaivén de querer y no poder.  

El Tata Martino llevó a los azulgranas a un nivel de juego que en ciertos momentos recordó un pasado feliz, pero vivió en el estado permanente del casiConquistó la Supercopa de España sin poder doblegar a los de Simeone. Como tampoco en Champions, en cuyo caso sí lo hicieron los madrileños para agigantar todavía más los fantasmas que el Bayern inculcó en la mente azulgrana. Y lo volvieron a hacer. En territorio hostil. Como mejor saben: desde la pizarra, desde la solidez, desde el ímpetu. El Atlético de Madrid de la 2013/14 fue una obra maestra. Y su autor, un inspirador superlativo. Todo desde la irracionalidad de una ideología pasional. El reconocimiento en las gradas del feudo azulgrana fue unánime. Las gestas de este calibre dignifican una realidad cada vez más superficial, menos real. 

Y mientras asistíamos a la consolidación de un equipo histórico, el otro cerraba su propia historia de forma abrupta. El golpe de realidad que les arrebataba la supremacía que durante años estuvo bajo su sombra. La fugacidad del éxito dejaba un sabor amargo en el paladar culé, más exigente tras tocar el cielo. Sabían que aquello les había dejado de pertenecer. La herida era mucho más profunda de lo que uno podía intuir. 

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