Estado de excepción

El inmovilismo que por definición acompaña este confinamiento ha sacudido irremediablemente nuestros hábitos empujándonos a consumir adrenalina con el cerebro. Me explico. A falta de desahogo físico, libramos ahora extenuantes diatribas mentales donde antes acudíamos al VAR, al claxon o a la cinta del gimnasio. Debates internos para quemar calorías. Los míos suelen terminar como aquel colorido empate entre leones y domadores en La Catedral: sin solución aparente a la ecuación que me empeñaba en resolver y dejando el desenlace para un hipotético partido de vuelta (mi próxima discusión). Tengo miedo de llevar siempre razón, así que procuro no ganar ni un derbi conmigo mismo y que todo permanezca abierto como la eliminatoria con el Nápoles. Me voy dando respiros.

Disponer de tanto tiempo para salir a pasear por dentro de mí no es ni bueno ni malo. Es lo que hay, me digo, y me sorprendo viendo fragmentos mundialistas de los 70 y los 80. Aunque no concibo el deporte en diferido —esa peli lenta de la que ya conozco el final—, el actual estado de excepción supone una excusa perfecta para cometer locuras de andar por casa. Veo paisajes que de un libro de memoria me aprendí: Pelé con la 10 y un sombrero mexicano, Beckenbauer empezando y acabando jugadas, el continuo ejercicio plástico de Cruyff y el grito liberador de Tardelli en el Bernabéu. Fantaseo con haber nacido 20 y pico años antes, no tanto para disfrutar como espectador de aquel fútbol acompasado de pantalones muy cortos sino para formar parte activa de él. Delirios de cuarentena, me diréis con razón. De momento no he sucumbido a ningún Barça vintage porque tengo claro que cualquier tiempo pasado nos parece mejor.

Entre vistazo y vistazo al ayer y con un hoy resbaladizo, no queda sino dar vueltas al mañana. No sin remordimientos morales me pregunto —incluso en voz alta por si algún vecino entra al trapo— cuándo y cómo y si volverán las ligas como oscuras golondrinas. Cuándo y cómo y si se jugará la Champions interruptus. Cuándo y cómo y si habrá fichajes o trueques que me entretengan. Coutinho, Dembo, Ney. Ahora que salir a correr se ha criminalizado, viajo con la mente sin mover un dedo y alimento la teoría de Valdano y Aimar acerca del sobreanálisis futbolero. Amaso la bola con mis estúpidas necesidades, lo reconozco. A menudo se critica a Guardiola por pensar más de la cuenta en sus planteamientos tácticos y en esas estamos, llorando una esférica ausencia y overthinking. En nuestra descarga, una agenda existencial llena de vacíos tampoco ayuda.

La actual vida patas arriba pone de manifiesto que el fútbol, como las terrazas y los abrazos y la playa y los derechos forma parte del frágil y muy humano mecanismo de anhelar y valorar a posteriori. La clave, apunta David García en Yorokobu, “es que se activa por elipsis, cuando estas cosas dejan hueco y desaparecen”. Como en Aviones Plateados, siempre suelo querer lo que no tengo. Sin fútbol en directo ni instantes en los que suspenderme, deambulo entre contradicciones sin brújula. Porque con algo hay que llenar este gélido vacío competitivo. Ya sé que no es lo más importante, pero. Aplaudimos desde la ventana aunque no haya nada que celebrar y comentamos una curva que no se aplana aunque no tengamos ni idea de infecciones virales. Echo de menos la incoherencia de antes.

Ya no criticamos a Valverde, digo a Setién. Urge volver al barro de la irracionalidad. Cuando regrese nuestro ventajismo twittero a toro pasado tendremos una pista inequívoca de habernos curado. Ya sabéis, pedir a un canterano para después quejarse de que está verde, exigir rotaciones para después criticar que al míster se le fue la mano, gritar que hay que rejuvenecer la plantilla para después cuestionar el fichaje de un prospect porque con quién ha empatao este tío. Que termine cuanto antes este estado de excepción. Qué bien sentaría ahora un debate sobre la cantidad de pases hacia el portero o una acalorada discusión sobre la rodilla de Umtiti. O sobre el pubis de Arthur, la posición de De Jong, la coleta de Griezmann. Qué ganas de volver a equivocarme en una previa en Estadi Johan.

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