¿Y si?

Hay algo de irónico en la muerte. Algo de risa burlona, resbaladiza pero firme. Todo duele un poco más cuando nos avisan con antelación porque precisamente el dolor reside en el tiempo que transcurre entre el momento en el que te dan la noticia y el punto y final. Más que la noticia en sí, lo que realmente nos atormenta es el tiempo que transita entre ambos puntos, un angosto camino sin ventanas. Es irónico. Por eso cuando las cosas suceden así, de repente, sin previo aviso es un poco como cuando tus colegas te lanzaban de sopetón a la piscina, aún con la toalla puesta. No hay tiempo para horrorizarse. Ahora todo está parado, un stand by tan extraño que ni siquiera nos deja pensar con claridad. Pero… ¿y si?

Y si Leo Messi ya no volviera a jugar en el FC Barcelona y su último partido fuera aquel, recordaremos después, en el que marcó un gol de penalti celebrándolo con rabia, puño cerrado, mirada irada pensando que ese gol podía valer una Liga. En realidad no valió nada más que nuestro pequeño placer rutinario, nuestra devoción por Lío no tiene límites. Messi quizás no lo sabe, pero hace tiempo que lo único que (nos) vale son sus gestos. El partido, muriendo de forma patética con un Jordi Alba tapándose los oídos, puede que no queriendo oír que la Liga acabaría días después, que no habría títulos ni festejos ni lágrimas. Todo se apagó, como si te tiraran a la piscina sin chaleco. Sin nada más que el peso de tus recuerdos, que te empujan y te arrastran hacia el fondo de algo desconocido.

Y si Leo Messi, tras meses de confinamiento, de dejarse crecer la barba hasta cotas inimaginables, entregado por completo a los asados y las postas de sol en Castelldefels, habiendo olvidado ya quién era antes de todo esto e incluso para qué está encerrado en casa, decide no volver. Y si Messi no vuelve. La vida seguiría, me dirían mis padres abrazándome y tomándome el pulso. Sí, les diría, como siguió tras la marcha de Iniesta o Xavi Hernández, la muerte de Cruyff – del cruyffisimo- pero sin Leo es como si algo, no sé qué, dejara de carburar. Un vacío que pesa, un vacío que te estira y te comprime si es que el vacío puede ocupar espacio. Y si el vacío lo genera Messi sí que puede. Porque Leo tiene un poco de nosotros y nosotros tenemos mucho de él dentro.

Lo peor no sería que Leo no continuara, sino que nos habrían arrebatado el derecho a llorar su marcha. Si algo no lo sabes, no existe. Estaríamos todos en confinamiento pensando en algo inexistente, en una vuelta que jamás se daría. No habría despedidas ni confeti ni lágrimas ni fotos ni homenajes ni nada de nada salvo la estupefacción silenciosa. Messi, harto, probablemente jamás volviera a aparecer en público ni a hablar o emitir sonido alguno. Messi sería nuestra tumba.

A veces conviene pensar en el final de Leo que es también el nuestro. Como a veces conviene pensar en la muerte y normalizarla. Esconder su final es también hacer más doloroso el nuestro. ¿Y si?

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