El castillo de naipes se derrumbó en el Bernabéu

El FC Barcelona vive atrapado en una pérdida irremediable de memoria colectiva, de identidad y, cada vez más, de competitividad en escenarios que requieren un plus. Cada vez recuerda más a Guy Pierce, de Memento, aquejado por grietas en su memoria que le hacen no poder recordar las cosas que, hasta no hace mucho, tenía por mano. Incluso Leo Messi, que ha encontrado en el Santiago Bernabéu su pazo particular, pareció no entender dónde estaba, aturdido por un Real Madrid en el que hasta Marcelo bajaba al barro e incapaz de conectar con su alrededor. Y, sin Messi, el castillo de naipes es imposible que vuelva a reconstruirse una vez derrumbado. No hay mejor arquitecto que el 10.

Setién se tapó y Zidane buscó un partido a todo o nada. Los riesgos del técnico francés, consciente de que el Bernabéu pide vísceras y frenesí, devolvieron a Marcelo, dejaron a Isco + Vinícius y, obviamente, se impuso Toni Kroos. No así lo leyó Setién, que buscó un control casi absoluto de lo que pudiera suceder en el verde juntanto a Busquets, Arthur y De Jong con el soporte de Arturo Vidal por detrás de Messi y Griezmann. El Barça, pensaría Setién, sería el acordeón perfecto, todos juntitos, avanzando de brazito cruzado, pasándose el balón en un rondo que encontraría oxígeno en Alba y Semedo. Y, el primer tiempo, le dio la razón al cántabro. Comandados por un Arthur Melo imperial, el Barça se hizo con el timón del partido. El brasileño se impuso en todos sus duelos individuales, protegiendo el balón como si de una parte de su cuerpo se tratara y dando siempre el pase que requería la jugada. Busquets en la base para hacer de imán y un Griezmann inteligente en sus movimientos hicieron el resto. Pero faltó Messi.

El partido estaba bonito, abierto. Ocasiones para un Madrid que le cedió a Vinícius Jr todo el ataque, con Benzema haciendo de Nikola Jokic, recibiendo, descargando y jugando con sus marcas. Ahí, en un escenario en el que Umtiti cayó en todos los cebos que iba poniendo Karim, el jovencísimo extremo brasileño martilleó una y otra vez la espalda de Semedo. Aunque con un éxito escaso, el empuje de Vinícius ponía al Madrid cerca del área. Una vez allí, Ter Stegen apenas tuvo que ponerse serio. El descaro de Vini le faltaba al Barça, que buscaba con Vidal y Griezmann aprovechar la psicosis que genera Messi en el Bernabéu. Ramos solo tenía ojos para el “10”, aunque ayer fuera el menos “10” que ha pisado Chamartín en tiempo. Pero, ay, los de Setién perdonaron. Hasta tres veces consecutivas dejaron con el temblor en el cuerpo de los blancos, que son un poco como Hulk, cuando más les disparas, más crecen. El Real Madrid se reconoce solo en el precipicio.

Así, el segundo tiempo se tiñió del color que quiseron Casemiro y Fede Valverde. Puede que fuera el de la fe, el de una creencia atávica en algo que los jugadores del Barça jamás entendieron qué era. Incapaces de saltar a la presión, atados como con bolas de hierro en los pies en campo propio. Fueron sucediéndose las pérdidas en salida de balón, errores groseros que alimentaban el ego tocado del Madrid. El Bernabéu, encendido, pidiendo revancha. Frenkie De Jong fue una de las noticias más desconcertantes del partido. Su posición, muy arriba, es un cuerpo extraño, una anomalía. Juega estirado, rígido, sus movimientos siempre tiernos y poco agresivos. Alejado de la zona en la que él se doctoró no pudo si no correr de un lado para otro en transiciones defensivas, haciendo gala de su físico. Para eso quedó Frenkie en el clásico. Emergió Toni Kroos para dibujarle el camino de la gloria a Vinícius. “Ahí, chico, ahí”, le señaló con la mano, hasta tres veces. Nadie del Barça se percató del angosto espacio que había, y el brasileño, viendo que podía ser su noche, salió disparado. La fortuna cayó del lado blanco, que la buscó con más ahínco.

A partir del gol, el Barça cayó en aquel lugar al que me gusta llamarle “Espacio Roma”, un sitio en el que no hay tiempo ni recuerdos, solo la herida del gol de Manolas, de la impotencia de un equipo que quiere pero no puede. Es un espacio que absorbe toda la gravedad, como un agujero negro, que pesa y arrastra al Barça de forma inevitable. Setién fue un parche. Un parche ilusionante por propuesta y mensaje, pero parche al fin y al cabo. Imposible curar una herida, coserla, cuando nunca se sabe qué pasa cuando en el día señalado el partido se escapa en un punto de fuga trastocado. El Barça le perdió la cara al encuentro y cedió ante el empuje de Fede y Casemiro, las arremetidas de Carvajal y la vigorosidad de Vinícius. Terminaron jugando Martin Braithwaite y Mariano Díaz. Y ambos fueron protagonistas. El primero porque se presentó como el único que no conocía el “Espacio Roma”, carente de toda memoria el danés quiso ganarlo él solo. Pero Braithwaite, por si se nos olvida, no es Messi. Y Mariano, desterrado durante meses, demostró que para jugar en este Madrid basta con tenerle fe a que, al final, si soplas mucho, el castillo de naipes se cae. Y sopló.

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