El Barça en la sala de los espejos

Vivimos días de alarmismo social, de caras largas y preocupaciones latentes. No hay mayor alarma que la que saltó en las oficinas de Can Barça tras el primer tiempo en San Paolo. Ni la llegada del Coronavirus a la capital catalana, nada. El Barça, que sale reforzado con el resultado en la mano y un segundo tiempo en clara línea ascendente, entró al partido como se entra a los tanatorios: con cara de no saber qué decir ni qué señales dar. Tiró de frases hechas (pases horizontales) y un juego que, por previsible, se ahogó a sí mismo. Pero, como siempre, juntar a los buenos da halos de esperanza, y eso sucedió cuando De Jong y Arthur se miraron a los ojos. El Barça creció. Se fue con un empate que sabe a mucho, mucho más.

El partido empezó marcado por lo que sucedió previo al pitido inicial. Setién “sacrificó” a Arthur y Ansu en favor de Vidal y Rakitic. Hay cosas que nunca cambian. Despertó ampollas la alineación, memorias que la gente, con el aterrizaje de Setién, creía enterradas. Quizás el cántabro pensó, con atino, que Melo y Fati son cartas que desde el banquillo pueden cambiar de verdad dinámicas en Europa. Tienen la capacidad de incidir de forma directa y hacer que pasen cosas. Con esta alineación y el aviso de Gattuso en RdP de que no iban a presionar, se presentaba un escenario complejo por lo táctico y anímico. ¿Qué haría este Barça ante un repliegue intenso?

Lo que sucedió a continuación te sorprenderá. Sucedió tal que así: El Napoli se limitó a poner espejos en cada camiseta de sus jugadores, en el escudo, en el logo. Un laberinto asfixiante. Espejos que le devolvían a las miradas perdidas de los azulgrana un reflejo cruel por lo real, que escondía lo que Lío, siempre certero, avisó hace unos días: “No nos da para Europa”. Gattuso, sin ínfulas de trascender, guardó su ropa y le birló sus paños al FC Barcelona. Un 2×1 que le salió terriblemente barato. Un Black Friday perpetuo. El Barça se dormía en un tic tac de pases medidos, jugando con la marcha atrancada, enfangado. Piqué, Umtiti, Busquets. En un bucle eterno. Los laterales, Semedo y Firpo, se doctoraron en el arte del pase atrás. Gattuso, siempre avispado y perro viejo, se guardaba la sonrisa pero sabía que todo salía a pedir de boca. Al Napoli le bastaron dos zarpazos inocentes para empequeñecer la falsa grandeza del Barça en Europa fuera de casa.

Se pueden sacar nombres, pero el problema es estructural. Endémico. El virus lleva ya mucho inoculado el cuerpo debilucho del Barça. Ya no valen cuarentenas ni remilgos caseros. El FC Barcelona saltó al campo queriendo vaciar de todo ritmo al partido, como si hacerlo bajase las pulsaciones del rival. Nada más lejos de la realidad. El Napoli, que hizo lo justo, pareció hasta mericordioso, condescendiente.

No hubo cambios entre actos. El gol tempranero de Griezmann previo a un pase genial de Busquets y el primer movimiento agresivo de Semedo en todo el partido, activó la mejor versión de los visitantes. Con Arthur Melo en el verde, todo cambió. Frenkie De Jong pasó a jugar como a él le gusta, mimando el cuero, pero corriendo, pasando de organizar en la base a dividir con su arrancada portentosa en campo contrario. El Barça necesita lo vigoroso de sus dos interiores para poder mirarse en los espejos del Napoli. Se miró, y ya con Arthur no tuvo miedo al reflejo. Aceptó el reto y fue creciendo, aumentando el ritmo de balón, reconociéndose en el hangar lentorro de los italianos. El balón fluía, nacían conexiones y se jugaba como el Barça acostumbra a jugar en Liga en su feudo. Los fantasmas de Roma, Turín o Liverpool parecían sedados.

Aun así, parece que nada evita que el Barça sufra su dosis de infortunio. Arturo Vidal regresó a su lado marero que es, en esencia, lo que todos le conocíamos. Con machete entre los dientes y transformando el césped en barro, Vidal terminó expulsado. No jugará la vuelta como tampoco lo hará Busquets, sancionado. Doble marrón para Setién. Más asfixia para un equipo que apenas tiene aire. Y, por si fuera poco, Piqué se retiró lesionado con una sensible torcedura de tobillo. Ni Messi tuvo tiempo de trazar miradas con lo simbólico del estadio, en un partido descafeinado que, cuando aceleró, ya era demasiado tarde. Al final, con dificultades, el Barça encontró la salida al túnel de los espejos. Tendrá otra oportunidad para reconocerse.

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