Suerte

Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. Llevaba tiempo sin ver un partido del Barça con el móvil escondido bajo un cojín. Ya sé que es un indicador irrelevante, personal e intransferible; una conveniente anécdota folclórica con la que abrir este texto. Pero en medio de la dinámica de tostada por el lado de la mantequilla de la que no logra salir el equipo fue un consuelo de tontos. Sentado delante de la tele reconocí a los míos en una noche en la que estuvieron a punto de ser domadores en casa de los leones. Las acciones de Messi y Williams, tan cercanas en el tiempo y en plena zona Cesarini del choque en La Catedral, me recordaron la célebre escena inicial de Matchpoint en la que el cuchillo del azar extiende sin piedad talento y suerte en la tostada de la vida. Puro teatro sin entrar en WhatsApp. Al Barça volvió a salirle cruz.

La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control. De la espinillera de Unai Simón a la coronilla de Busquets. Otro mal trago para Setién, a quien la eliminación copera deja el regusto amargo que ya probó Valverde en la Supercopa, ambos con el maldito trofeo de las sensaciones bajo el brazo tras dos derrotas del género de lo inexplicable. Se me dibuja una sonrisa —o es resignación— escuchando a quienes defendían al extremeño por aquel tropiezo meritorio y ahora atacan al cántabro con idénticos argumentos de un calcetín que dan la vuelta a su antojo. Como os digo siempre, a Twitter se va ya opinado de casa. ¿Jugó bien el Barça en San Mamés? Entiendo que sí. ¿Mereció pasar el Athletic? Por supuesto.

En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y durante una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. A menudo me aventuro en comparaciones odiosas e injustas mientras veo los partidos —casi nunca con el móvil escondido, ya digo, maldita falta de atención de los nuevos tiempos— y me pregunto si yo hubiera controlado el balón-caramelo de Sergi Roberto a Griezmann o si, como el Principito con coleta, hubiera definido de primeras. Como diría mi profesor de Lingüística Aplicada en la uni o un gallego de a pie: depende. En fútbol (¿en la vida?) uno dispone de décimas de segundo para decidir y, qué ironía, si el resultado de una mala decisión acaba en gol terminará creyendo que fue buena. Basta observar el remate de muchos delanteros: cuanto peor impacto con el balón, mayores probabilidades de embocar.

Con un poco de suerte sigue hacia adelante y ganas. O no lo hace y pierdes. En ese perenne momento clave de make it or break it vive instalado este Barça de plantilla corta y buenas intenciones, a la espera de que alguna dejada no se le quede en la red. Maldiciendo su suerte, Messi salió de San Mamés visiblemente jodido, estirando incrédulo el brazalete de capitán mientras pensaba en las palabras de su ídolo Pablo Aimar: el fútbol está sobreanalizado. Los de Setién necesitan ni más ni menos que un golpe de potra que haga descorchar la botella del buen fútbol que le queremos intuir al equipo en las últimas semanas. ¿Y si empieza a salir cara?

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