Curso de verano

Si hay algo que se debe saber al aterrizar al FC Barcelona es que no existe el derecho a decepcionar. Aunque decepcionar sea una percepción volátil, cambiante y que, en muchas ocasiones, lo empape todo. Porque el culer es en esencia un aficionado decepcionado. Con el juego, con los resultados, con el rendimiento de sus jugadores con los fichajes, con el césped, con todo. No han pasado ni tres partidos de la era Setién que la prensa afín al club y muchos sectores de la afición ya claman al cielo, ya se sienten traicionados por algo que ni siquiera saben que es. El culer es, en esencia, una persona que necesita que las cosas no vayan bien para decir cómo tendrían que ir.

La sensación de cataclismo cósmico empapa al FC Barcelona de forma amenazante. Ernesto Valverde, que no tenía ningún tipo de reminiscencia cruyffista, aguantó las críticas gracias, en gran medida, al beneplácito de la prensa afín al club. Las portadas rara vez acusaban al juego o al estilo, sino que sacaban pecho de un resultadismo que fue a la vez lo que terminó por ahogar al propio equipo. Jugaban solo por ganar. Un partido a partido que borró todo rastro de idiosincrasia, que dejó al equipo huérfano de referentes y lo empujó hacia una vorágine en la que ya no se reconocían. Ahora, el Método Setién requiere de un factor que es de poco agrado; paciencia. Cambiar dinámicas, costumbres, fórmulas requiere tiempo, malos partidos y victorias que, quizás, no merecías. Por primera vez en su carrera Setién tendrá ese tiempo extra que solo te ofrecen los grandes jugadores.

Ni Ansu Fati se salvó de la quema. 45 minutos que sirvieron para quemar a un adolescente que aun está saliendo del caparazón, entrando en un mundo de camerinos y narcisos en el que los niños son juguetes extraños. Carne de cañón. Ni Griezmann, a quién algunos aun recuerdan con un dolor patético su rechazo hace dos veranos, señalando su precio. Es algo común. Decir el dinero que ha costado para justificar tus odios, como si fuera algo que tuviera algún tipo de sentido futbolístico. Tantos millones, tanto lo odio si no es lo que Yo quiero que sea. Ni Riqui Puig, que hay quienes lo esperaban con el cuchillo entre los dientes, esperando ver la ternura propia de quién aun debe aprender para barrarle el paso en el primer equipo. Sucede que, casi siempre, cuando el equipo no funciona se señalan los más débiles, es algo instintivo y terriblemente injusto.

Antoine Griezmann marcó un doblete, salvó al Barça en Ibiza. Ante un 2aB. Hubiera sido bastante poético que Antoine declarase que “para esto vine al Barça”. No hubo confeti ni celebraciones hollywoodienses. No hay tiempo para perder, ni imágenes que regalar. El Barça, en mitad de su travesía, necesita aprender lo más rápido posible. Es un alumno vago, pero inteligente, sometido a un curso intensivo en verano. En medio de una mudanza necesita, de forma urgente, recuperar sus prendas. El tiempo que ayer regaló Griezmann, y que Messi lleva tantos años regalando, cada vez es menos. Setién, que nunca ha notado la guillotina vigilándole la nuca, ha probado ya lo que es ser del FC Barcelona. Decepción como forma de vida.

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