Normalidad a la baja

Burocracia futbolística. Los olvidables 90 minutos del Camp Nou me supieron a trámite necesario y farragoso; dejaron más un regusto de consecuencia que de causa, como si existiera interés unánime por disputar de una santa vez un partido que ha durado casi dos meses. Se hicieron bola. Me encantaría escribir que el pitido inicial zanjó de un plumazo la matraca ideológica en la que hemos vivido recientemente, pero no fue así. Ni mucho menos. El ruido mediático, los tweets con mayúsculas, el dispositivo policial y la retórica de quienes insisten en que sólo quieren hablar de fútbol —pero oh, sorpresa, luego nunca lo hacen— hicieron imposible disfrutar de un duelo que recordábamos más… bonito. Tanto ruido para esto, debimos pensar muchos. Andrés Montes le hubiera quitado hierro al asunto canturreando en mitad de la retransmisión aquello de esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú.

Hemos venido a jugar. Como en una soleada despedida entre amigos con capea, café, copa y puro que termina haciéndose inevitablemente larga, los 22 futbolistas saltaron al césped por aquello del qué dirán. Para que todo terminase cuanto antes y poder así volverse a casa. Los hombres de Zidane fueron sin duda los solteros, enérgicos y propositivos, mientras los de Valverde aguantaron el papelón con la compostura y paciencia de los casados. En fútbol el resultado tiende a ser equitativo por definición —ya sabéis, la pelotita—, pero reconozco que las tablas de ayer tuvieron además un matiz de justicia poética: reparto de puntos, empate a nada. Descornáos ahora sacando vuestras del todo inútiles conclusiones, nos gritó el balón a los espectadores cuando terminó por fin la tediosa contienda.

Desde que tengo uso de razón. El Real Madrid necesita menos para hacer más, conjuga el verbo ganar con agilidad y naturalidad encomiables y siempre —esto es algo que me genera envidia sana, lo admito— cae de pie o “sale reforzado” de cualquier choque con el eterno rival. Ayer no fue una excepción. En derrotas, empates o victorias, la lectura del universo blanco ahorra tiempo ocupándose del estilo y alude sistemáticamente al vaso medio lleno. Cero desgaste. Cuánto tenemos que aprender de ellos los culés en este sentido, insisto. El Barça, por su parte, requiere siempre de precisión suiza en la construcción y anhela triángulos equiláteros con balón que sus actuales intérpretes ya no producen. Por no hablar de la presión tras pérdida o la tan desgastada —últimamente no debido al uso, por desgracia— posesión, santo y seña de cualquier versión ganadora de los azulgranas.

Combate nulo. En este extraño y quién sabe si temporal intercambio de papeles están hoy sumidos los dos grandes del fútbol español, empatados a puntos en la clasificación de La Liga y sin saber muy bien con qué sacar pecho en las cenas navideñas. El Clásico más sórdido que recuerdo nos dejó un Madrid que quiso más pero no terminó de poder y un Barça que no pareció querer mucho y que cuando quiso desde luego no pudo. Más que de un choque de estilos, la velada de ayer trató de una suplantación momentánea de identidades. Con acertada mesura, Valverde y Zidane prometieron normalidad y la tuvimos. Normalidad a la baja, eso sí. Nos la merecíamos.

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