Humo y hielo en el Camp Nou

Entraba el humo en el Camp Nou tal vez para rescatar a los allí presentes de otro tipo de incineración. La de un partido que quemaba a fuego lento sin dejar rastro. No había cenizas ni rescoldos a los que recurrir para entender el partido. El humo exterior, el de las barricadas, despertó al público que empezó a cuchichear en voz baja mientras el espectáculo -siendo altamente generoso con el término- languidecía. Hay partidos que siempre serán mejores antes del pitido. Este clásico, que llevaba dos meses escondido, como si se tratase de una Gran Final, terminó siendo una pequeña mentira tramposa. Amagó con ser muchas cosas para terminar recordándonos que este Barça es la Nada.

Hay algo que me ronda por la cabeza y que creo que es terrible. Y definitorio. Este partido lo juega el Barça sin De Jong y la gente entendería que es, precisamente, por la ausencia del 21 que el FCB es incapaz de conectarse con sí mismo, de imponerse. El holandés es buenísimo, pero terrenal, y su esteticidad y calidad han quedado aplastados por una impotencia que es ya crónica, un Barça que está entre dos pieles, entre dos vidas, sin saber aun si vivo o muerto, como en un limbo eterno mientras espera que Messi reciba, encare, marque, drible, gane, juege. Mientras espera a Messi. Ayer, con De Jong en el verde y jugando bien, el Barça jugó un partido en el que incluso el neerlandés quedó reducido, como si su presencia solo se notase muy de vez en cuando. El Barça hace que Frenkie se asemeje al humo que entraba expectante en el estadio.

Este clásico ha sido una página en blanco. Como intentar escribir un lunes a primera hora. El Real Madrid ha celebrado un partido en el que han sido superiores, han jugado mejor y han tenido un plan, pero se queda corto viendo que el gol, que es en definitiva lo que determina qué eres como equipo, se les escapa. El Madrid es un escritor sin palabras. El Barça uno sin ideas. Copiando siempre la misma frase desaliñada, de poso robótico, mecanizada, rutinaria. No tienen más ideas, y si las tienen, no saben cómo ejecutarlas. Y sin Busquets, escribir un partido es todavía más difícil.

Ernesto Valverde entendió que ante la falta de fútbol, y sin saber cómo encontrarlo, el equipo necesitaba coraje, kilómetros, gasolina. Algo que, hasta el momento, tampoco había tenido. El Real Madrid había robado 10 balones en campo contrario por tan solo 2 del FC Barcelona en el primer tiempo. Las segundas jugadas eran siempre para los blancos, convirtiendo al Barça en un triste equipo que solo atacaba la pelota con la mirada, bajo el murmullo condenatorio del aficionado. La gente no entiende. El equipo tampoco. Arturo Vidal se maneja como nadie en este caos, en una disfunción que parece encajar con el porte alocado del chileno. Entró y robó balones, dio aire, corrió. Dio la sensación de que el partido era otro. A falta de fútbol, Vidal hizo suyo el partido.

Es un momento extraño. El FC Barcelona no da la sensación de saber qué quiere, ni siquiera de haberse preguntado qué quiere. Sencillamente va a remolque, como un gran transatlántico a la deriva, impasible. Valverde es nuestro Bruno Ganz en “El Hundimiento”, pero sin bigote y mala leche. En un búnker que lo protege, con un discurso que busca sanar unas heridas que ya han gangrenado.

El humo seguía entrando en el Camp Nou. Algo quemaba en Barcelona mientras el partido, entre bostezos, se iba helando. El clásico más largo de la historia terminó por detenerse. Ni Messi pudo acelerarlo.

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