Inenarrable

Ocurrió hace pocas semanas. Como cada vez que escribo unas líneas aquí o en Diarios de Fútbol, puse la vergüenza torera en modo avión durante unos minutos y esparcí el texto en cuestión entre mis conocidos como sal sobre la nieve. Un ágil control-cé-control-uve con la mera intención de compartir con mis seres queridos —aquellos que compondrían mi entorno si hubiese sido futbolista, ojalá— la última historia que ronda por mi cabeza. Como no soy de hablar por teléfono, me autoconvenzo de que también para ellos ese gesto significa más que una llamada y les alegrará el día. Ocurrió hace pocas semanas, ya digo; spam que te crió como haré en cuanto publique este artículo. En respuesta a mi pedrada semanal, un amigo de esos que cuento con los dedos de una mano me soltó un piropo de mis preferidos; descriptivo y sincero, cariñoso y justo, cortito y al pie. Si fueras de un equipo simpático Libros del K.O. te publicaría. Pero el Barça no vende.

A ratos me gusta pensar que tiene razón en lo primero y no sólo en lo segundo, que es un concepto editorialmente impepinable. El Barça vende tanto que no vende, pensé yo. Me lo espetó además con el romanticismo y conocimiento de causa propios de un hincha colchonero, y en mis tiempos se decía que alguien del Atleti no puede ser mala persona. Mis tiempos y los vuestros van cambiando y sin embargo un factor diferencial permanece inamovible: el mejor con el balón en los pies (y ninguno lo podrá detener) es un argentino de Rosario. Forma parte de nuestras vidas desde hace 15 años y la clepsidra del tiempo futbolero lleva ya un par de temporadas bocabajo susurrándonos a voces que se acaba el duro. Aunque duela, con Messi un truco de magia más es desde hace tiempo un truco de magia menos. Y claro, escribir del seis veces Balón de Oro —desde ayer ya no los puede contar con los dedos de una mano— tampoco vende. Pero es justo y necesario atreverse.

No resultará sencillo consumir fútbol cuando el genio se aparte y lo practique en la intimidad del jardín con su perro desproporcionado o con sus hijos de envidiables simpatía y genes. Al recoger el dorado galardón de manos de un Luka Modrić conciso, elegante y resentido con los ausentes —la clase no es que te caiga bien el traje—, Leo nos amagó con el cuerpo insinuando que tic, tac, tic, tac. En su discurso más consciente, tierno y melancólico nos mandó a la lona como Boateng reculando ante el 10 amén de dejarnos claro que nada será lo mismo cuando no podamos disfrutar de su sinfonía cada semana en mondovisione. Mi amigo quizá piense que estas líneas tendrían mayor carga emocional o acaso credibilidad si yo fuese del Cádiz, del Oviedo o del Sestao, pero mis opiniones me representan únicamente a mí como se lee a menudo en las bios de Twitter; por eso os digo que nunca veremos nada igual. Ni parecido. Con lo difícil que es siempre encontrar la chispa y que ésta arda.

Subí el volumen de la tele para no perderme ningún quiebro del argentino, que daba constantes toquecitos al micro como cuando conduce el cuero cuchillo-en-mantequilla desquiciando defensas numantinas sin despeinarse. Acerté a pensar que no es sólo que Messi haya llegado a ser Messi —que ya bastaría—, es que lo ha sido más veces de las que logramos recordar. Valdano afirmó con su habitual tino que Messi es Maradona todos los días. No hay más preguntas, señoría. No es exagerado pensar que cuando no esté dará vértigo acercarse al fútbol y que mientras esté seguirá siendo jodidamente complicado escribir algo nuevo, original o remotamente preciso sobre su zurda angelical que es a la vez compás para compañeros y estilete para rivales. Sus goles se gritan más y sin embargo se describen peor.

Hace unos días recibí una poética newsletter de FourFourTwo que comparaba la dificultad de escribir sobre Leo con la de explicar el aterrizaje en la luna. “Puedes intentar narrar lo sucedido basándote meramente en hechos”, sugería, “pero si no aportas contexto y análisis no harías justicia a su verdadero significado”. De 1969 a 2019, que sea Lionel quien tiene más balones dorados en el salón de casa es un gran paso para la humanidad; el alunizaje y Messi lo cambiaron todo y vivimos en un mundo diferente ahora. “Puedes escribir pomposamente inspirándote en aquello que has visto, reflejando de alguna manera la naturaleza de lo acontecido”, proseguía el texto, “pero sin poseer el talento o el genio de quien intentas retratar no sólo te quedarías corto, te arriesgarías además a disminuir la dimensión de cuanto describes”.

Juntar unas letras sobre Messi es aceptar a priori que no vas a estar a la altura como si el rosarino te mandase un pase al espacio en una contra. Delinear lo que sientes cuando lleva la bola cosida al pie es aún más complicado que predecir su próxima invención. Agradecerle en su justa medida que las palabras posible e imposible se abracen confundidas cada vez que inventa fútbol es más arriesgado que dejarle recibir entre líneas. Este texto que ahora compartiré con mi entorno pretende simplemente no estorbar, devolver una pared con humildad y hacerse a un lado como Luis Suárez la otra noche en el Wanda y en 1000 ocasiones más para dar paso a lo inevitable. Si contigo en el verde ya nada es igual, qué será de este invento sin ti.

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