Anatomía de un abrazo

No había peor infierno que el que estaba viviendo Antoine Griezmann. Tras bañarse en confeti se hundió en el lodo. Como si aquella celebración lo hubiera carcomido, atrapado en una banda que no era la suya, una posición que detestaba pero debía aprender a amar si quería ser importante. Suplente ante el Borussia de Dortmund, una inoportuna lesión de Dembélé, una más, le sirvió para salir al verde. Y allí no hay nadie mejor que Leo Messi en su partido 700 para rescatarte y que sea Él quie te tire el confeti. Su pase medido fue un regalo infinito para el francés. El Barça volvió a sonreír, divirtiéndose solo cuando Messi quiso. Así andan las cosas.

El partido se percibía con aura a final, a partido decisorio. No era para menos tras la victoria con sabor a debacle de Butarque y los tres puntos en juego, más valiosos que nunca. El XI, sin Arthur ni Griezmann, daba hueco al maltratado Rakitic y a Dembélé, que duró 25 minutos antes de retirarse lesionado. Ernesto Valverde miró el partido como quien ve una piedra con la que ya tropezó. En el Signal Iduna Park las trampas de los de Favre hicieron caer al Barça en las mismas de siempre fuera de casa en Europa. Solo Ter Stegen se impuso. El Dortmund estuvo de un grisáceo apagado, como si no tuviera pulso, incapaz de contestar la energía del Barça. Aunque el FC Barcelona no esté bien, siempre tendrá a Messi, que es infinito. Dos goles regalados (uno anulado por el VAR) y otro anotado en 45 minutos. Leo Messi es un deporte en sí mismo, porque lo que él practica no se asemeja a lo que vemos en el Camp Nou cada domingo. Es otra cosa.

El primer tiempo, aun sin ser gran cosa, sí sirvió para ver mejorías a nivel individual. Umtiti, que parecía una sombra renqueante de si mismo, emergió como lo que fue hace no tanto; un central imponente. Midió y ganó, como solía hacer, sin preguntar y pegando fuerte. Con Frenkie De Jong vemos cada día que juega la anatomía del partido, porque él te lo diescciona con frialdad y elegancia, y ofrece siempre la mejor de las opciones. Su físico, además, es el de un triatleta, un tipo que tiene un motor imposible. Y todo bañado por esa grandeza que transmite su gesto y su rostro. Hay madera de leyenda ahí.

Hace dos días publiqué un artículo en el que pontificaba, si es que se puede pontificar en el fútbol, que ya no me divertía. El segundo tiempo fue una prueba de ello. El abrazo reconciliador de Messi y Griezmann fue, sin duda, el momento cumbre de la noche. La culerada llevaba esperando esto desde hacía semanas. El Barça, como le viene sucediendo desde hace ya unos partidos se relaja o, peor, no sabe cómo tener el balón más de lo mínimamente necesario. Las líneas se separan, se pierden segundas jugadas y se juega siempre a 5 segundos, intentando buscar contragolpes cuando el partido invita a dársela a Busquets. En este acelerón encontró el Borussia su suerte, y sin hacer mucho ruido fue sumando pases y situaciones claras, pero le faltó mordiente. El gol de Jadon Sancho, qué jugador, es de los que dejan en el corazoncito del culé la tibia esperanza de que no sea el último que vean en su feudo, pero con otra camiseta.

Fue un partido de grises solo superados por Messi y su obsesión por no aburrir. Messi quiere divertirnos. Y así lo hizo notar. Su pase a Griezmann, el abrazo, el grito, nuestra paz interior. El partido resumido en un abrazo y en un semblante triste, abatido. El de Dembélé antes de irse del terreno de juego. Dos caras de la moneda para un Barça que no encuentra una noche perfecta.

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