Ser Rakitić o Bale

Dentro del heterogéneo grupo de los Homo Sapiens hay una subclase de mamífero que es terriblemente contradictorio y, por ende, alguien muy irascible. De contrastes. El “Homo Aficionadus” es aquel fan de un club que agradece el dolor ajeno y usa cualquier pequeño detalle que no le gusta en su equipo para generar siempre un espacio conceptual en el que la razón la tiene, obviamente, el aficionado. Aunque ese algo que critica lo haga su vecino y lo aplauda. El reverso del aficionado es oscuro.

Ayer vimos a un Gareth Bale prácticamente en trance dando saltitos con sus compañeros de verdad tras clasificarse con Gales para la Eurocopa de este verano. En sus manos una bandera que rezaba “Wales, Golf, Madrid” y justo debajo “In that order”. El galés es un jugador que parece jugar solo para él mismo, extraviado de un club que jamás lo mimó cuando debía (les dio dos títulos en 2014) y lanzado al baúl de las viejas glorias, de los perdidos, por una prensa que siempre lo quiso fuera. Bale, a estas alturas, no es más que un loco excepcionalmente talentoso que se divierte cuando regresa a casa, con los suyos, y vuelve al silencio sepulcral y a las lesiones en Madrid. Una doble cara que ha condenado a la afición blanca a no quererlo, o sí, pero lejos. Una relación podrida que aplaude el culé.

Gareth Bale celebrando la clasificación de Gales para la Euro. | Foto vía: The Irish Time.

Ivan Rakitic es la cabeza de turco más visible de un modelo que cojea, un estilo olvidado y un proyecto que no termina de ser proyecto. Es, en la cabeza del aficionado medio del FC Barcelona, la perfecta imagen del deterioro del FC Barcelona y del supuesto amiguismo de Ernesto Valverde con los pesos pesados del equipo. Rakitic, el que jamás descansaba, el que daba un pase hacia atrás cuando tenía vía libre, el que jamás hacía jugar rápido, el que frenaba la proyección de Riqui Puig, el que supuestamente iba a evitar la titularidad de Arthur este curso. Todo concentrado en la figura del croata. Y os diré una cosa; qué injusto se ha sido, y se es, con él. Da la sensación de que para que se perdone al futbolista, aunque nada haya hecho, hace falta que se sincere y nos muestre sus heridas, para que el aficionado pueda confirmar que sí, que es como él, que sufre.

Rakitic ha sido condenado por redes sociales, los tribunales del siglo XXI, en numerosas ocasiones. Nosotros, los aficionados, queremos ser jueces y amigos a la misma vez. Queremos, en definitiva, que el jugador sea la proyección de nuestros deseos, de nuestro mejor yo, sobre el césped. Rakitic probablemente se irá pronto (este verano, este invierno), y nada me entristece más que pensar que un jugador no será recordad como lo que fue, sino como lo que unos han dicho que fue. Eso no se puede permitir.

Mientras, Bale, será recordado justamente por lo que él quiso que pensáramos. Un tipo al que todo le da igual, que se irá con 4 Champions bajo el brazo, habiendo dejado uno de los mejores goles de la historia en una final, otro en una prórroga. Nadie podrá negar lo innegable aunque el se empeñe en ser un caso perdido. Gareth ha entendido la lógica del aficionado y la prensa, esa cínica y terriblemente injusta, y se está mofando de ella. Ojalá, y lo digo de verdad, ser Gareth Bale saltando cada día en la facultad con una banderita que pusiese “Sobar, Dormir, Vaguear” “En el orden que quieras”.

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