Asincronismo

Como cuando te prestan una sudadera demasiado corta o demasiado ancha en un partido de oscuros contra claros; como ver una película de hace décadas cuyos actores están doblados con ligero pero fastidioso retraso respecto al movimiento de los labios; como cuando se te olvida sostener la punta de la manga del jersey al ponerte el abrigo: existe una sensación de innegable incomodidad en el encaje de Griezmann en el Barça y viceversa. Se percibe un halo de falta de naturalidad, una molestia recíproca todavía soportable pero rara al fin y al cabo. Un desajuste.

Su seleccionador Deschamps ha descrito a la perfección la situación del galo: “no es catastrófica pero podría ser mejor”. Y es que es verdad que no se acaba el mundo cuando nos enfundamos una prenda que no nos pertenece pero no es menos cierto que sentimos algo extraño si no huele a nuestro suavizante. Ver a Antoine con la azulgrana resulta anómalo y postizo como una foto a la salida del cine en uno de esos cartones donde meter la cabeza.

Caminaba el otro día tratando de no resbalar entre hojas caducas que tapizan las calles mientras reflexionaba sobre el perenne debate de la coexistencia táctica con Messi; me acordé entonces de que en el colegio los zurdos se sentaban en el pupitre de la izquierda para evitar un latoso choque de codos entre compañeros y entendí que lo de Griez tiene difícil solución. El Principito, por cierto, ha aprovechado la concentración con Les Bleus para insinuar un cambio de pupitre al profe Valverde: “jugar más centrado sería mejor para mí ya que me puedo orientar mejor”.

Al francés hay que reconocerle un encomiable esfuerzo por caer de pie en el vestuario. A menudo sus declaraciones resultan feudatarias e impropias de un vigente campeón del mundo, si bien denotan inteligencia y una predisposición al sacrificio que Antoine demuestra además sobre el césped, donde no se le caen los anillos en tareas defensivas gracias al enriquecedor bagaje cholista de su currículum. Al ojo experto, sin embargo, chirría notablemente su artificioso afán por complacer, por este orden, a Messi y a su nueva afición.

El partido contra el Betis —su mejor actuación como culé o acaso la única que supera el notable, que nadie se me enfade— sintetiza su comportamiento con tendencia a la subordinación voluntaria, pone de manifiesto su principal problema y explica por qué le sienta mal el traje: Antoine parece tener plena consciencia de que el techo deportivo y personal al cambiar Atlético por Barcelona es el de convertirse en un gran actor de reparto. ¿Falta de ambición o astucia darwiniana? Necesitamos más tiempo para responder con fundamento.

Vuelvo a su destacado cameo contra los verdiblancos para explicar un par de tics impregnados de preocupante servilismo. En primer lugar escenificó una celebración prefabricada ante su nueva parroquia en la que se quedó corto de espontaneidad y de confeti y en segundo, tras haber anotado un gol de bella factura desde la distancia, se quitó de encima el foco que sin duda merecía aquella noche declarando que lo había “aprendido de Messi”, con quien por entonces no había compartido más de un par de sesiones de entrenamiento.

Al binomio Griezmann-Barça le falta simultaneidad, armonía, feeling. El francés no está (¿aún?) sincronizado con el club donde juega y casi todos sus hechos y muchas de sus palabras parecen seguir un guión cuidadosamente estudiado, una partitura que en mi opinión hace desafinar esta reciente convivencia. La artificialidad en sus actos impide e impedirá que exista una relación fluida entre la entidad y el jugador, a quien no le sienta bien la túnica blaugrana. Y eso que he logrado terminar el texto sin mencionar su corte de pelo.

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