CRÓNICA DE UN CRONISTA: FRANCISCO CABEZAS

Empezar hablando de tus obsesiones y terminar narrando un gol. Que el gol se mezcle con una canción. Un gesto con un pasaje de un libro. Un partido condensado en una letra, en una frase. La crónica también es esto. Abrir ventanas. Ver un partido y ver también al cronista, sudando y sufriendo, escribiendo sin parar. El cronista deja siempre una parte de sí mismo en cada texto, un legado verbal. Francisco Cabezas es, desde hace 15 años, el cronista del FC Barcelona en El Mundo. Cada crónica es una pieza de un puzle interminable en el que se ve al cronista desnudo. Sus vicios y sus defectos, que cantaba Dorian.

Escribir es sufrir”, me espeta justo al empezar la charla. Y quizás no haya otro periodista que cultive tanto el sufrimiento como el cronista, enganchado por el tiempo y el partido, dos entes que oprimen con fiereza animal. Francisco Cabezas tiene un poso juvenil, como si el fútbol tuviera en él un efecto inverso al que tiene sobre los entrenadores, que envejecen a pasos agigantados, consumidos por el mismo sujeto al que se enfrenta Cabezas. El fútbol devora, pero él parece escapar. Quizás porque ha escrito tanto sobre fútbol, sobre goles, sobre debacles, que le ha ganado la batalla. “Debes anticiparte al partido, sino estás condenado como cronista”. No solo leer el partido, sino anticiparse a él. Ser más rápido, ser cazador para no ser arrollado por el devenir del encuentro.

A diferencia de Ramon Besa, Cabezas empieza a escribir en el descanso. Los primeros 45 minutos como lapso de tiempo para medir sus expectativas, para ver hacia dónde camina el encuentro. A partir de ahí, el teclado y los jugadores se mezclan. Ya no habrá paz para el cronista. “Tenemos la ayuda inestimable de la radio. Nos da otro punto de vista, es una muleta esencial para nosotros”, explica. Encuentran en la voz lo que sus ojos no pueden ver. Escribir el partido teniendo que mirar el papel. “Fracasamos a menudo. Ya estamos acostumbrados, porque quizás de 10 crónicas ves solo una que te guste”. El cronista, como el futbolista, vive siempre envuelto en un aura de pesimismo perenne. El fracaso es su cobijo.

Manuel Agudo Durán, Manolito, Nolito. Qué más da. Los profundos surcos de su cara son inevitables en un hombre privado de infancia, criado por un abuelo marinero y una abuela que se armaba de valor para ir a pedir comida a Cáritas en una mesa propia de quien había parido hasta once veces. Manuel, que sabía que su nieto nunca tendría que destrozarse las manos entre las redes y la sal del mar, no logró verlo superar la barrera del filial del Barcelona. Ya se encarga Nolito de recordarle cada partido que sí, que tenía razón, que aquellas patadas callejeras tenían sentido.”

Recupero un fragmento de una crónica que hizo Francisco Cabezas en 2015. El Celta de Nolito, sí, Nolito, vencía al FC Barcelona por un contundente 4-1. Al Barça campeón de Europa, de la MSN. En medio de nuestra charla me explica que los partidos, a veces, son excusas terriblemente suculentas para contar historias, para ir al origen. “Vas con tu mochila, tus anécdotas, lo que sabes. El partido siempre ofrece oportunidades. Tienes que dar vida al partido si no la ha tenido, esa es tu obligación”.

Francisco cabezas es uno de los estandartes de lo que se conoce como crónica literaria. Y es consciente del riesgo que entraña esto. Su escritorio está pegado a una pequeña estantería en donde hay parte de sus obsesiones. La miro asombrado. En la mesa, al lado de su ordenador, un libro de cuentos de Edgar Allan Poe, uno de sus referentes literarios. La crónica como purgatorio. “Estamos en una época en donde todo el mundo ha visto el partido, las imágenes, los goles. Ofrecer algo distinto, meter tus obsesiones en el texto, es un valor añadido porque le da al lector algo que no tiene viendo el partido.” A pesar de la parte más literaria, reconoce que el cronista debe hacer de analista. No valen artificios literarios, por muy bien que suenen, por muy bien que escribas. “La gente quiere saber por qué ha perdido su equipo. Sobre todo en las derrotas es cuando se necesita analizar, explicar los porqués.” Analizar, dar sentido al partido, narrar, teclear de forma vertiginosa, escuchar y ver el partido. Entregar el texto. Volver a empezar. El ciclo vital de la crónica es cortísimo, apenas vive unos minutos. Al cabo de un día se olvida porque el fútbol no tiene pausa, solo avanza triturando todo lo que encuentra. Queda en tierra de nadie el sufrimiento del cronista.

Me confiesa que se mueve mejor en el pesimismo. “El cronista se mueve mejor en los claroscuros, cuando hay una época de constantes victorias es más difícil abandonar la rutina.” Cabezas explica el Barça de Guardiola como el de “la rutina celestial”. Un equipo que destrozó el concepto de la excelencia, haciendo que el cronista tuviese que describir la belleza, la perfección, cada tres días. Era difícil hacer ver al lector que aquello no era normal. La gente lo asumía como tal. Ahora, a años vista, todo vuelve. “Cuando todo parece que va mal, los éxitos saben mejor”.

Cabezas ha cubierto, en estos 15 años, cuatro finales de Copa de Europa. Una embriaguez de títulos que comenzó con Rijkaard y aún sigue viva, a pesar de la demacración estilística y de valores que se ve al fondo de la sombra alargada de Messi, que todo lo puede. Pero, a pesar de esta borrachera de éxitos, como cronista recuerda mucho más las derrotas. Las caídas. Las muertes. El 4-0 en París, en 2017, el 3-0 en Turín, el 4-0 en Anfield. “Estos partidos chocan mucho, sobre todo por las reacciones de los jugadores. Esa pesadumbre que ves en sus rostros… el pesimismo. Es más fácil convertir estos rostros en una crónica”, explica.

Los partidos, como la vida misma, tienen sus presagios. Sus señales. El cronista nunca puede obviarlas. No se trata de superstición o creencia, sino de olfato periodístico. El periodista se alimenta de las emociones humanas, de los detalles; allí está la historia. Francisco Cabezas cuenta como, a la entrada del Olímpico de Roma previo a la debacle I del FC Barcelona de Ernesto Valverde, había una orquesta tocando. “Me recordó a la orquesta el Titanic”. En los detalles, en lo invisible, está el partido. Está la historia. Aquel día él no pudo escribir con su ordenador. Se lo dejó en Barcelona. “Tuve que escribir con una pequeña tableta que me prestaron. Fue horrible.” Hay noches en que cronista y futbolista se unen en un mismo cuerpo torturado, asediado cada uno por sus propios demonios. Al final ambos están siempre solos. Distintas caras de la misma moneda.

Roma fue algo imposible. Aún no se ha asimilado. Nadie lo ha hecho. Ni periodistas, ni aficionados, ni el propio equipo, que salió a Anfield como si Roma hubiera sido una ficción. “Los periodistas fuimos a Anfield sin tenerlas todas con el equipo. Sabíamos que podían quedar eliminados, y más viendo cómo había sido el partido de ida. El Barça golpeó con mucha fuerza, pero no fue mejor”. De nuevo, los presagios. Cabezas recuerda una especie de euforia previa al partido en el estadio red como si el aficionado conociese el final, y lo trasladase en forma de gritos, sonrisas, energía. Anfield conocía el final. “Antes de empezar el partido estaban todos felices, incluso salió Salah (lesionado) a dar una vuelta por el campo. Era como si ya hubieran ganado”. El Liverpool venció en parte porque siempre creyeron que lo iban a hacer. El Barça, derrotado desde Roma, desde Turín, desde París, desde Berlín, salió a morir sin saberlo. O sí.

Messi se lo pone difícil a los rivales, pero al cronista más que a nadie”, dice con la sonrisa de quién nació habiéndose de enfrentar a Messi desde sus inicios hace 15 años. Una vida juntos. Uno destroza récords y el otro sufre por captar la esencia de Leo. “Los adjetivos están todos sobados, es difícil salirse de la rutina. Nosotros (los cronistas) nos hemos abrazado a una rutina a la hora de escribir sobre él”. Aun así, reconoce que hay formas de atraparlo sin caer en la repetición. Hablar de Messi como nadie lo percibe. “Me fijo en sus gestos, en los que él provoca al rival. No tanto qué hace, sino las consecuencias que tiene. Mirar el legado que deja en el verde”. Como decía David Foster Wallace, quién es uno de sus referentes literarios, “es más importante la sensación que tenemos de las cosas que las cosas en sí”. No narrar los goles, ni a Messi, sino lo Leo deja en el verde, en el rostro contraído de los rivales. En nosotros.

Nos despedimos. No sin antes hablar de sus referencias, que en algunos casos son también las mías. Fijación por la obsesión en la descripción, enfermiza, en los textos de Foster Wallace. La oscuridad en Lovercraft, en Poe. “El mayor referente es cualquier cronista deportivo (futbolístico). Me los leo a todos la mañana siguiente del partido.” Le pido que elija un libro, dos, para hacer la foto. Uno de Cruyff, sobre el Mundial del 74 y “La narració d’Arthur Gordon Pym”, de Edgar Allan Poe. Las dos caras del cronista.

No luce los libros como cosas que ama, sino como cosas que sufre. El cronista está ligado, para toda la vida, a un partido que nunca termina. Una narración infinita de lo que ya se ha visto.

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