Exhumación de un equipo

Quizás no haya mejor ironía, más berlangista y sutil, que la de un chino franquista en el día en el que se exhuma FF (Fransico Franco) quién no hubiera dudado en enviarlo dios sabe dónde. La España de trileros, del “no te creo” y del “sujétame el cubata” se muestra en todo su esplendor en el Valle de los Caídos. Y Twitter lo recoge como recoge todo aquello digno de ser olvidado. Cómo nos gusta regocijarnos en lo que nos debería importar poco. Ayer, sin embargo, en la vigilia del Día marcado en rojo en el calendario de Abascal, hubo otra exhumación. No era un cadáver, era un equipo. Y, queriendo todos olvidarlo, vamos a no hacerlo. No podemos fallarle a Twitter, no nosotros.

El FC Barcelona, dirigido por un Ernesto Valverde que parece pasar tres noches – por lo menos- durmiendo en el sofá, ganó, pero lo hizo sufriendo, casi pidiendo perdón por ganar, jugando el barro y no en el césped. Fuera de casa, en Champions, el Barça ya no juega, sufre. Irreconocible en cada fase del partido, se unían un sinfín de secuencias que denotaban el horror, el peso, de tener que vestir la azulgrana jugando lejos del Camp Nou. Suárez, a quién le vimos jugar bien en Ipurúa, se sintió como uno de estos nostálgicos que hoy llenan los programas de infoentretenimiento, un nostálgico esperando marcar, ser feliz, aunque todos sabemos y asumimos en silencio que esto es otra historia, que ya pasó. Toca cerrar heridas, en lugar de reabrirlas. Toca mirar al futuro.

Un futuro que parece no verse en el horizonte, o sí. Arthur, De Jong, Ansu. Jugadores bisoños, que no conocen Roma, París, Turín, en Anfield Arthur fue un muñeco lanzado a los leones. Están en un entierro vestidos de fiesta, sin saberlo. El Barça tiene a Messi, a Ter Stegen, pero sobre todo a Leo, motivo suficiente para paliar toda crisis. Messi es un eufemismo en sí mismo. Jamás ningún jugador hizo tanto para que no se dijeran las cosas por su nombre. Decir que el Barça “busca el camino” es no querer decir que se ha perdido y no sabe a dónde va. Ni institucional ni futbolísticamente, un club aturdido por sus fantasmas, perdido ante la inmediatez de la Copa de Europa, la necesidad de ganar y el querer hacerlo bien. Una exhumación que empezó en París y se cerró en Liverpool. De tantas derrotas, este es un cadáver despedazado. Pero siempre nos quedará Messi, que decía Bogart.

Hay un poema que habla de la Guerra Civil en El Salvador que dice: “Todos nacimos medio muertos en 1932”. Todos juegan medio muertos desde París. Habría que decirlo por su nombre. Messi no es para siempre, aunque nadie se atreva a decirlo.

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