Dos horas de fútbol

Nunca en la historia de la humanidad nos hemos ofendido tanto y tan a menudo como ahora; y eso que quizá nunca hayamos estado tan informados y al mismo tiempo tan desesperantemente desinformados como en esta época. Con la libertad (de expresión) nos sucedió como con el amor, que se nos rompió de tanto usarla. Así las cosas, todo el mundo siente hoy una imperiosa necesidad de significarse, de pronunciarse, de vomitar opiniones absolutas, de pontificar. Hasta el más tonto hace relojes, en suma.

Escribía Javier Marías en su columna de la semana pasada que “llevamos años prestando atención y obedeciendo a cuantos aseguran sentirse ofendidos”, por lo que dependemos de “la subjetividad de cada cual, algo que, a la larga, nos impediría hacer ni decir nada”. Me es imposible no abrazar esta corriente de pensamiento, extrapolable naturalmente al ámbito futbolístico, no hablemos ya del político. Pregunto, ¿cuán a menudo escribís con total sinceridad en grupos privados de Whatsapp cosas que jamás se os ocurriría publicar?

Paradójicamente, callamos infinidad de opiniones y a la vez no resistimos la tentación de escribir algo, rápido, lo que sea, no vayan a pensar nuestros seguidores que no tenemos las cosas claras. No tenéis más que asomaros a Twitter, donde en los últimos días encontraréis dos tipos de personas: quienes te muestran lo mucho que pega la Policía y quienes te enseñan cuánto enredan los manifestantes. Para convencerte, ambos bandos adjuntan vídeo retweets que deja uno a medio ver o contempla atónito sin activar el audio en función del estómago que tenga en ese momento.

Todo muy feo, es cuanto me atrevo a decir. Arden las calles de Barcelona y las redes sociales —maldita la hora en que esta expresión ha adquirido por fin un sentido literal— y en medio de este tsunami el Barça visita un campo de dimensiones reducidas donde se medirá a un rival cuyo rasgo de identidad es la presión incansable, ingredientes que podrían invitarnos a pensar que será una salida difícil.

Y sin embargo mi intuición es que será un paseo para los de Valverde; con Messi y Suárez descansados y listos para dar donde duele, cuando el Barça capee con paciencia y dinamismo el vigor de Ipurúa dispondrá de ocasiones para certificar una cómoda victoria que contraste con el desorden de la ciudad a la que regresarán de puntillas los jugadores tras haber hecho un buen trabajo, quizá sucio. Se ha hablado tan poco de fútbol que el fútbol hablará durante dos horas.

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