Nostalgia y silbidos

El recuerdo es lo único que nos queda. Toda nuestra vida, logros, fatalidades, promesas y palabras forman parte de este cúmulo de experiencias que se amontonan en nuestro cerebro. El recuerdo es traicionero, tramposo. En cierta medida funciona como la sociedad; excluye, elige a dedo qué quedarse y que no. Le va lo morboso. En el fútbol no hay nada peor que la nostalgia – las expectativas podrían entrar en esta lista- y lo que generan en el recuerdo. Todos queremos vivir en el pasado, en ese momento, pero no podemos. Condenados a vivir y a alejarnos de nuestro mejor día, obligándonos a creer que vendrá otro mejor.

Ahí anda Luis Suárez. Su mente vive en, quizás, el Parque de los Príncipes en marzo de 2015, cuando su ley imperaba con meridiana autoridad. Era el mejor delantero, dominaba. Un Shaquille O’neal aplicado al área. Por fuerza, talento y vigor, el uruguayo no tenía rival. Siempre encontraba la forma de aplastarle. Retaba al rival a un esfuerzo mental donde sabía que no iba a poder llegar. Ahí, sencillamente, vivía solo, en un estado psíquico desgarrador; te exprimía hasta dejarte seco. Eran buenos tiempos. Cada partido de Suárez parece un calco del anterior, como en un bucle blackmirroriano, donde el charrúa es preso de sus limitaciones y del recuerdo. No hay mejor droga que la nostalgia. Es tremendamente adictiva y sus única secuela es que dejas de relacionarte con tu entorno en base al presente; vives en el mejor día de tu vida. Quién no lo quiere.

No nos engañemos. Todos terminamos la temporada convencidos de que ha llegado el momento de hacer que el recuerdo en el que vive Luis Suárez pase a ser solo eso, un recuerdo, y no un intento de prolongación de una realidad ya extinta. “Messi de falso 9”, “extremos abiertos”, “recuperar la presión”. Términos que merodean por las cabezas del aficionado que es, en definitiva, como Suárez. Añoramos todo aquello que ya no puede volver precisamente por el encanto que tiene lo finito, lo enterrado. En el fondo, somos discípulos de Herder y su romanticismo.

El único que puede erradicar la nostalgia de la mente del uruguayo es Leo Messi. El único en prácticamente cualquier ámbito en el FC Barcelona desde hace una década. Puede aprovechar cualquier momento. Llevando a los niños al cole – desconozco si Suárez/Messi son miembros del AMPA, ahí un punto en la reunión mensual podría ser precisamente este; la nostalgia en el uruguayo- aprovechando el ambiente pueril y desinteresado que generan los padres y madres a la salida del colegio. Ahí, Leo, debe aprovechar. Hacerle notar al charrúa que su cuerpo y su mente no son una, que si bien tienen la misma edad, él es ahora un ser bicéfalo:  las piernas le van a una velocidad y la cabeza a otra. No ha tenido tiempo, pues el uruguayo juega siempre a 1000 pulsaciones, de reconfigurar su juego, de adaptarse a su castigado cuerpo.

La nostalgia nos hace querer ver, sentir y desear imposibles. El fútbol es inanalizable porque a parte de nacer de la pasión, el recuerdo condiciona siempre cualquier partido/jugada. Todo pasado por nuestro nostálgico ojo. Es por eso que no entiendo el ruido los pitidos al uruguayo. La memoria traiciona al espectador. Habrá un día en que el recuerdo final se habrá comido al primero, lo habrá reemplazado, y Suárez- el que aún recuerdo con mucho cariño- vivirá solo en Internet. La figura alicaída, torpe y un tanto engreída será la que le quedará al aficionado, olvidando al poderosísimo delantero que asombró en sus dos primeras temporadas y, tras un bajón, seguir produciendo goles como churros- menos en Champions League, ahí ya no me meto-. Y como el fútbol no es justo, es el momento de que Suárez acepte otro rol. Adaptarse o morir, que dicen. Luis hace ya tiempo que le mira a la parca de frente, pero nunca sabremos quién ha matado a quién. El uruguayo tiene estas cosas.

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